jueves, 23 de octubre de 2014

QUIERO HACER UN CAMBIO...¡PERO NO ME ATREVO! PARTE 2

Nuestras trampas para no realizar el cambio…
-¿Y si…?
Los “y si” se refieren a todas las dudas que nos asaltan cuando nos estamos planteando hacer un gran cambio en nuestra vida, por ejemplo: ¿Y si sale mal? ¿Y si no estoy decidiendo con toda la seguridad que debiera? ¿Y si no es esto lo que quiero? ¿Y si hago daño a alguien? ¿Y si me arrepiento?...así hasta el infinito y más allá. Efectivamente las decisiones hay que tomarlas con reflexión, sobre todo las que van a producir un cambio significativo en nuestra vida y en la de otros. Pero esos “y si”, no nos engañemos, hablan sobre todo de nuestros miedos…en numerosas ocasiones teñimos de prudencia lo que en realidad es puro miedo, aunque no sepamos a qué o cómo.
-Es que tengo que estar muy seguro de querer cambiar…
Otra trampa. Nunca se está 100% seguro de querer realizar un cambio. Es tan difícil, nos da tanto miedo pasarlo mal, no estar a la altura de lo que queremos emprender, nos paraliza tanto equivocarnos que nunca tomaremos una decisión de cambiar con una certeza absoluta. Para empezar, porque en la vida existen pocas certezas absolutas. Para seguir, porque es otro engaño que nos hacemos a nosotros mismos para posponer sine die el cambio que tanto nos asusta. Y la realidad suele ser que, si llevamos un tiempo pensando una decisión, normalmente todo lo que le añadimos es tiempo de más. No va a hacer que estemos más seguros de lo que queremos emprender.
-Es que no sé si eso es realmente lo que quiero…
Eso suele ocurrir por una sencilla razón: exceso de pensamiento y poca conexión con el sentimiento. Nuestros pensamientos, grandes aliados en ocasiones, pueden tornarse en auténticos enemigos con mucha facilidad. Y es que, a veces de tanto pensar pros, contras, consecuencias, nos olvidamos de cerrar los ojos y sentir. Podemos sufrir auténticos bloqueos emocionales si nos excedemos en pensar y no lo equilibramos con, simplemente, observar qué es lo que sentimos y experimentarlo en toda su dimensión. La cabeza nos dice cómo debemos llegar a un sitio, pero el corazón es el que dicta hacia dónde deseamos ir.
-Es que si saliera mal…
¿Qué es lo que pasaría? ¿Es realmente tan terrible? Pocas cosas suelen ser tan horribles como nos las imaginamos, y como dice una frase popular, “nada es irremediable a excepción de la muerte”. Tendemos al catastrofismo, seguros de que no podríamos soportar el dolor de si algo saliera mal. De hecho, es un concepto equivocado hablar de que algo sale mal o bien. Simplemente, lo que puede ocurrir es que las cosas evolucionen de forma distinta a la deseada. Puede que ese trabajo, esa ciudad o esa relación no sean como te las habías imaginado. Pero el ser humano posee una capacidad de adaptación infinita a nuevas realidades. Si así fuera, siempre hemos aprendido algo. Y si, después de adaptarnos no nos sentimos bien, ¡vuelve a cambiar!
Dejarse llevar suena demasiado bien…
(Copenhage-Vetusta Morla)
Disiento con esta frase de los grandes Vetusta. “Demasiado” posee una connotación negativa que no uno con el hecho de dejarse llevar. Porque, y con las excepciones de cuando nos surgen impulsos de cometer actos que sabemos que no son éticos, dejarse llevar siempre suena bien. ¿Estás planteándote un cambio en tu vida? Pues dedícate tiempo a pensar, pero acalla tus miedos y tus preocupaciones, cierra los ojos y siente, experimenta, vibra, atrévete a cambiar, aprende de los errores cometidos, no de aquello que nunca tuviste el valor de hacer. Así construirás poco a poco tu camino. Pero no te detengas, no te paralices. La vida pasa tan rápido y tenemos a veces tan poco tiempo para vivirla…asi que cambia y fluye con la vida misma hacia donde ella te guíe…es la manera más efectiva para sentirte feliz en tu piel. ¡Suerte con el cambio!



jueves, 16 de octubre de 2014

QUIERO HACER UN CAMBIO...¡PERO NO ME ATREVO!! - PARTE 1

 Yo ya no quiero vivir con los temores
que prefiero entregarme a la ilusión
y lo que creo, defenderlo con firmeza,
sin historias que me abulten el colchón

Y si un día me siento transformado
y decido reorientar la dirección,
tomaré un nuevo rumbo sin prejuicios
porque en el cambio está la evolución
(Dibujo en el aire- Chambao)

Que la vida es puro cambio y transformación justo desde el momento en que respiramos el primer aliento de nuestra vida es un hecho. Que vivimos en un mundo de una fragilidad creciente, en donde nuestras vidas experimentan una inestabilidad personal, laboral y sentimental constante, y en el que toca adaptarnos a muchas diversas situaciones, no es algo que no sepamos. Sin embargo, nos resistimos con todas nuestras fuerzas a realizar cualquier cambio, pretendiendo permanecer en momentos o situaciones de manera estática, y fracasando en ese intento, ya que, si no fluimos con la vida, los que nos quedamos atrás seremos nosotros…
Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo
(Albert Einstein)
Esta frase de apariencia simple, formulada por el genial Einstein, hace alusión a una gran incoherencia que aqueja al ser humano en mayor o menor medida: sí, estamos hartos. Sí, estamos aburridos, tristes, no nos gustan nuestras circunstancias o nuestra manera de afrontar la vida. Sin embargo, nos declaramos impotentes ante la posibilidad de cambiar. Cerramos los ojos y deseamos que todo fuera distinto…eso sí, sin que ello represente salir de la archiconocida zona de confort.
¿Por qué nos resistimos tanto a cambiar?

El miedo a lo desconocido es lo que principalmente nos paraliza. La energía y la fuerza que hay que invertir para revolucionar algo en tu vida nos producen angustia y pereza. Y, por supuesto, los efectos secundarios que llevan aparejados siempre los cambios, incluso en el supuesto de que éstos sean deseados y planeados: inestabilidad emocional, sintiéndote como si tus emociones ya no fueran de tu dominio, las reacciones de tu contexto, que a veces no entienden y/o no apoyan tus cambios de rumbo, el vértigo que supone redirigir un proyecto vital, un sentimiento de extrañeza con lo que antes era normal…sensaciones muy intensas para las que a menudo no estamos preparados. La mayor parte de las veces el cambio merece la pena. Como dice la frase, “penar” por este proceso y ver sus resultados es algo maravilloso. Porque siempre supone un aprendizaje y porque si hay algo que le sienta mal al ser humano, es precisamente el no tomar decisiones. Como referíamos más arriba, permanecer en “momentos estanque” es necesario durante un tiempo determinado que nos sirva de reflexión. Ahora, si ese momento estanque se hace perdurable en el tiempo, no nos produce más que malestar. Las decisiones pueden ser mejores o peores, eso solamente se verá con el paso del tiempo. Pero implican acción e intención, proyectos, horizontes vitales, asi que tomarlas siempre nos sentará bien.

viernes, 1 de agosto de 2014

¡FUERA TÓXICOS!! PARTE 2...¿CÓMO PUEDO DESINTOXICARME?

Existen diversos factores que influyen sobre qué hacer ante una persona tóxica o una relación. El principal es si esa persona de manera obligada tiene que permanecer en tu esfera personal o profesional (es un compañero de trabajo y vas a tener que convivir con él, es alguien de tu familia política, etcétera), o si por el contrario, puedes decidir si mantener o no el contacto con dicha persona:
-“Enemigo que huye…” Siendo realistas, hay muchas personas tóxicas que no perciben ni sienten la necesidad de cambiar. Para ellos y ellas, la verdad y la realidad son aquello que perciben, y tú eres el que está en un error sobre su actitud. Si te has encontrado con una persona así y sientes que te afecta anímicamente…distánciate lo máximo posible.
-“Cuando digo no, es no”. Lo decíamos más arriba, se puede ser tóxico para unas personas y no para otras. Eso depende de la interacción; quizás tú has permitido que rebase unos límites donde otras personas han frenado anteriormente. Si te sientes con angustia, ansiedad, ira por tu relación con alguien, escucha más a tu interior y respétalo. Quizás no es necesario desconectar del todo, pero sí poner ciertas barreras donde antes no las había.
-“Yo…oigo llover”. El aislamiento de un ambiente tóxico parece una utopía; sin embargo, a veces puede ser posible. Buscar estrategias para “contaminarse” lo menos posible (por ejemplo, en un trabajo, salir a desayunar aparte de los que crean malos conflictos, cambiar de tema de manera evidente si no se quieren escuchar rumores maledicentes, etcétera) puede ser efectivo, al menos en parte. Cuanta más independencia e indiferencia se logre hacia estas dinámicas, más rápido se cansará el tóxico al ver que no produce resultado.
-“Si quieres ayuda, cuenta conmigo”. Si alguna persona de tu entorno toma conciencia de que alguna de sus conductas es dañina para los demás y quiere modificarla, sugiérele ayuda profesional, o ayúdalo si puedes. Nunca es tarde para cambiar. (aunque un típico tóxico diría: “¡las personas jamás cambian!”)
-No hagas tuya la toxicidad. Piensa que las dificultades las tiene la otra persona, no tú. Intenta independizarte emocionalmente de ello; tú te conoces, sabes cómo eres. No creas lo que te digan los demás si percibes que va con intención de herir. No te empapes con el veneno, no eres tú el que tiene el problema, asi que no lo adoptes como tuyo. Toma medidas y sal de esa situación.
Por difícil que resulte, por “contaminado” que te sientas, se puede revertir la situación o cortar con ella. Aprende a identificar a esas personas o situaciones y toma medidas por tu salud emocional, a la cual muchas veces no prestamos tanta atención como a la física, siendo, como poco, igual de importante para nuestra felicidad. Asi que…¡desintoxícate a conciencia! ¡sed felices!



jueves, 31 de julio de 2014

¡FUERA TÓXICOS!....PARTE 1

El término “persona tóxica” o “relación tóxica” está claramente en auge. A raíz de artículos y libros como el de “Gente tóxica”, de Bernardo Stamateas, se ha popularizado una terminología cuyo éxito radica en que es fácil de comprender e identificar. ¿Nunca os ha ocurrido estar con una persona y acabar sintiendo que absorbe tu energía, hasta dejarte con un enorme cansancio? ¿O percibir cómo una negatividad y un pesimismo se te contagian, alterando tu estado de ánimo inicial? ¿Alguna vez os habéis visto inmersos en una relación con alguien en la que se ha visto dañada vuestra autoestima, vuestra fuerza interior o vuestro optimismo? Si os sentís identificados con algo de lo anterior, habéis experimentado lo que significa la toxicidad.
1.¿Qué es eso de tóxico?
Persona, relación o situación tóxica es algo o alguien que produce en ti sentimientos de negatividad, apatía y desvalorización, que modifica tu estado de ánimo y el concepto de ti mismo, hasta sentirte en una especie de estado de envenenamiento psicológico. Las emociones pueden ser diversas: pesimismo, cansancio, inseguridad, ira, tristeza…sentimientos en absoluto saludables para nuestro equilibrio y bienestar.
2.Personas tóxicas versus relaciones tóxicas
Sobre esto existe mucho debate. ¿Existen personas tóxicas o relaciones tóxicas? Mi impresión es que, efectivamente, existen relaciones tóxicas en las que todos, seamos más o menos sanos, nos podemos ver involucrados. Asimismo, todos podemos ser un poco tóxicos en algún momento de nuestras vidas, o resultar tóxicos para unas personas y para otras no. Dicho esto, sí que se podría hablar de un “gradiente de toxicidad”, traduciendo esto: hay personas más tóxicas que otras, en términos generales. Es difícil que dos personas sanas y equilibradas desarrollen un vínculo pernicioso entre ellas.
3.¿Existen formas comunes de personas tóxicas?
Es muy usual que las personas altamente tóxicas no lo parezcan al principio; al contrario, pueden ser personas seductoras y encantadoras, hasta que, transcurrido un cierto tiempo, asoman otros rasgos. De ahí el desconcierto, la inseguridad y la indefensión que a menudo provocan en la persona de enfrente, al percibir conductas incongruentes y dañinas en alguien que parecía ser todo lo contrario. Las clasificaciones son múltiples y variadas, pero suelen coincidir en los siguientes tipos:
-La persona manipuladora. Son personas con las que siempre acabas teniendo la culpa, no sólo de lo que haya ocurrido, sino también de sus estados de ánimo y actos (“tú haces que yo sea así”, “me sacas de quicio”). No asumen responsabilidad alguna, creyendo que los demás, la sociedad, la familia, son los que tienen la culpa de todos sus males. Pueden conseguir que crezca la inseguridad y la ansiedad dentro de ti. Intentarán que dependas de ellos de muchas maneras, para que así no te sea fácil prescindir de su presencia.
-La persona psicópata. Este término, que asociamos con asesinatos en serie y actos extremos, realmente es mucho más amplio, y refleja una personalidad que contiene como rasgo principal la incomprensión y/o no percepción de las emociones del otro, lo que en psicología denominamos ausencia de empatía. Son personas egocéntricas, desconectadas emocionalmente de su entorno, sin muchos lazos afectivos o de poca calidad y profundidad. Las relaciones persiguen un fin “utilitario”: es posible que te utilicen con un fin hasta que dicho fin sea obtenido, o cambien de objetivo.
-La persona pesimista. La frase que definiría a este tipo de personas es “el mundo es malo”. Los pesimistas introducen una variación en los dos tipos anteriores, y es que éste es tóxico tanto para los demás como para su propia persona. También se les denomina “vampiros energéticos”, personas que, con su queja habitual, su negatividad hacia las personas y lo que les rodean y su falta de esperanza en el futuro, acaban minando tus fuerzas. No tienen por qué estar siempre con el semblante serio; de hecho, existen los “falsos optimistas”, personas que parecen alegres pero que devuelven un discurso sombrío y oscuro sobre las personas y lo que les rodea.

-La persona chismosa. Muy común en ambientes laborales, es esa persona que recorre unos oídos y otros, realizando trasvases de información, a menudo distorsionados. Generan conflictos en los que muchas veces ni siquiera están involucrados, crean divisiones en grupos, todo desde la retaguardia, sin que mucha gente apenas lo perciba. Si eres el objetivo de una persona chismosa, ésta intentará restarle puntos a tu credibilidad y buena imagen.

jueves, 26 de junio de 2014

SI CRITICAN...¡¡QUE CRITIQUEN!!

La palabra y/o el concepto de crítica se ha convertido en un elemento muy común en nuestro vocabulario, en nuestras conversaciones y en el conjunto de nuestra sociedad. Criticamos, hablamos de la autocrítica, de aquellos otros que lo hacen…y sin embargo, ¿tenemos claro qué es la acción de criticar? ¿Existe la crítica constructiva? ¿Somos capaces de ejercer la autocrítica?
Desmontando conceptos…
El concepto de crítica es el que sigue: “Conjunto de opiniones o juicios que responden a un análisis y que pueden resultar positivos o negativos.” Esto es muy importante, ya que existe una tendencia generalizada a creer que crítica y valoración negativa son términos sinónimos, sin ser esto real. La filosofía concebía la crítica como el discernimiento de la verdad. Se trata de valorar, evaluar una persona, acto u obra artística desde una perspectiva en la que te permita ver el conjunto de sus características, tanto positivas como negativas, partiendo de la supuesta premisa de que la persona que ejerce dicha crítica tiene los conocimientos necesarios para efectuarla.
Hasta aquí, llega la teoría. Sin embargo, y de forma desgraciadamente frecuente, la crítica se convierte, simplemente, en realizar juicios principalmente negativos sobre algo y/o alguien, contando además con pocos elementos para realizarla. Dicho de otra manera: criticamos en demasía, con poca información sobre lo que estamos criticando y añadiéndole un exceso de dureza que no querríamos que practicaran con nosotros mismos.
Crítica constructiva…¿mito o realidad?               
La crítica constructiva es aquella que no se dirige a destruir, sino a ayudar a mejorar. No tiene como objetivo central la condena de esa persona o actividad sin más aprendizaje, sino que persigue contribuir a la mejora y a la evolución del objeto de crítica, aportar una visión distinta que pueda hacer que se experimente un cambio. Para que una crítica sea constructiva, es esencial no usar términos que puedan dañar y entren en la pura descalificación, no globalizar empleando términos absolutos (no sirves para NADA, NUNCA vas a hacerlo bien), e incluir aspectos positivos y negativos, para que dicha crítica sea equilibrada. (“Esta película resulta lenta de ritmo y el guión es flojo, sin embargo, la interpretación del protagonista es brillante”).
Autocrítica y equilibrio: el arte de no pasarse sin quedarse corto
Muchos artículos sobre psicología y autoestima directamente pretenden eliminar la autocrítica de nuestra forma de pensar, argumentando que hace que tengamos un pobre autoconcepto de nosotros mismos.
Nada más lejos de la realidad. Nada hay más peligroso que considerar que lo que pensamos y hacemos es siempre lo correcto. Esto nos erige en una atalaya por encima de los demás y nos dificulta en gran medida nuestras relaciones con los demás, ya que, si carecemos de esa auto-evaluación, si no somos conscientes de aquellos aspectos positivos y negativos que todos tenemos, pensando que el error no existe en nuestra forma de actuar, construiremos una barrera alrededor de nosotros mismos. De igual modo, desvalorizarnos constantemente, ejerciendo una crítica negativa continua sobre nuestra forma de ser, nos generaría infelicidad, culpándonos de todo lo que nos rodea.
La psicología, al igual que la vida, se basa en la delicada habilidad de mantener el equilibrio, asi que y como propuesta de vida, podemos plantearnos ser más indulgentes con los demás, valorar lo positivo y negativo que poseen, y no estar ciegos ante nuestras faltas. Aunque los demás así lo hagan, podemos empezar por ejercer nosotros el cambio. Además, ya conocéis el dicho…si critican…¡que critiquen! ¡sed felices!


lunes, 10 de marzo de 2014

APRENDER A VIVIR EN PAZ CON LOS CONFLICTOS...

Podría decirse que el conflicto es algo inherente al ser humano, y un producto de nuestras interrelaciones con las demás personas, con nuestros contextos, desde el más próximo al lejano. Desde que nacemos, experimentamos diversas situaciones de conflictos, que oscilan desde el interno hasta el sentimental y/o el familiar, pasando por conflictos con grupos o en nuestro ambiente de trabajo. Sabemos que es algo que, queramos o no, vamos a vivenciar a menudo. Sin embargo, ¿lo aceptamos como algo natural? ¿Sabemos gestionarlos? ¿Somos conscientes de cómo manejamos los conflictos en nuestro día a día?
De entre las miles de definiciones existentes, simplificando podríamos decir que un conflicto es un desacuerdo entre dos o más partes, con las consecuencias que de ello pueden derivar. Si bien es cierto que esta definición deja a un lado los conflictos personales con los que a menudo tenemos que batallar porque surjan contradicciones internas, y que no son otra cosa que desacuerdos, pero con nosotros mismos, diferencias entre nuestro sentir y nuestro actuar.
Todos tenemos, por así decirlo, un “estilo” a la hora de enfrentarnos a dicha situación, que dependerá de nuestra personalidad y de nuestras experiencias previas. De esta manera, puede ser que tendamos a evitarlos, ya que no soportemos la angustia que nos producen, haciendo lo que sea para no tenerlos, o que las emociones que nos produce dicho conflicto nos bloqueen, siendo incapaces de resolverlo, o por el contrario, que tengamos un estilo relacional en el que abordemos con agresividad al otro, invadidos por la ira, no pudiendo gestionarlos adecuadamente. Es para todo esto básico que conozcamos cómo nos situamos nosotros frente a los conflictos, para descubrir si tenemos alguna dificultad en su resolución.
Se podría decir que en un conflicto juegan su papel tres esferas diferentes: la manifestación (lo que se dice y/o expresa), los intereses (aquello que subyace a la manifestación y que puede ser negociable), y las necesidades, situadas en un nivel más profundo, de las que podemos ser o no conscientes, y que es lo que, al final, están alimentando dicho conflicto. Así, a veces lo que decimos cuando nos peleamos suele ser la punta de un iceberg, y detrás de un simple enfado porque no quieren ir contigo al cine puede haber un interés en pasar tiempo con esa persona y una necesidad de sentirse querido que se percibe como no satisfecha. Los conflictos suelen ser similares a grandes ovillos de lana. Para desliarlos, es necesaria mucha paciencia y comprensión de uno mismo y del otro, ya que, más allá de lo que se dice, lo esencial es lo que de primeras, no se ve…
La sociedad en la que vivimos también determina nuestro modo de afrontar los conflictos. En muchos medios de comunicación, en la clase política, en nuestro medio laboral, se nos muestran modelos ganador-perdedor, en el que no se establece jamás el consenso, en donde ceder es sinónimo de debilidad, y en donde la violencia es algo permitido y aceptado como natural e inevitable. ¿Es esto así? ¿Conflicto y violencia tienen que ir irremediablemente unidos? ¿Solamente se acaba un conflicto si he ganado y el otro ha perdido, es en ese momento cuando me siento satisfecho, y no de otro modo?
En las últimas décadas, se alzan muchas voces desde diversas disciplinas en las que apuestan por modelos más orientados al consenso, al entendimiento, a las soluciones intermedias en las que nadie gane, ni pierda. La mediación en distintos ámbitos es un claro ejemplo de ello. Para ser capaces de acercarnos más a este tipo de resolución de conflictos, tendríamos, al menos, que atender a los siguientes aspectos:
                -Conócete a ti mismo, para poder conocer al otro. Está vinculado a lo que se dice más arriba: lo primero es preguntarte a ti mismo por qué lo que ha ocurrido te ha enfadado tanto, con qué conecta eso dentro de ti. Lejos de situarte en lo que el otro te ha hecho o dejado de hacer, pregúntate primero por qué ha provocado eso en tu interior.
                -No quiero oírte, quiero escucharte. Cuánto oímos a lo largo del día, y qué poco escuchamos con profundidad al que tenemos delante. Si, con paciencia, aprendemos a escuchar lo que nos están expresando, sin juzgar, sin interpretar por adelantado (“lo que a ti te pasa es esto”) y sobre todo, sin descalificar, quizás entendamos más lo que dicha persona dice y siente. Para tener los oídos abiertos hay que tener un deseo de realmente conocer al otro.
                -“All we are saying, is give peace a chance”. No emplees la violencia como arma de resolución. Cuando estamos enfadados, puede que nos domine la ira, el miedo o la tristeza. Es esencial que aprendamos a sujetar y controlar esas emociones, que no van a dejar que el diálogo se produzca, y que pueden llevarnos a hacer y decir cosas de las que siempre nos arrepentiremos. Respira profundamente, sal de esas emociones, y evita descalificar, humillar y criticar al otro.
                -Ceder también es ganar. Para llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas partes, es imprescindible tener una actitud abierta ante la posibilidad de ceder, de que las cosas no se van a resolver exactamente como habíamos imaginado, y de que los caminos intermedios a veces son los más sanos.
No es tarea fácil eso de aprender a discutir. Desde que el mundo es mundo, no hemos hecho otra cosa que invadir, pelearnos, emplear la violencia como medio para obtener un fin, y lo seguimos haciendo…sin embargo, se puede aprender otra manera de relacionarnos, con actitud, esfuerzo y comprensión, que nos permita convivir en paz con nosotros y los demás…
“La diferencia entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer, bastaría para solucionar la mayoría de los problemas del mundo”

(Mahatma Gandhi)

jueves, 6 de febrero de 2014

¡CARPE DIEM!¡CORRE CORRE QUE EL TIEMPO SE VA!

Carpe diem puede ser la locución latina más difundida y reconocida por todos nosotros. Formulada por el poeta Horacio, literalmente significa “toma el día”, pero a través de diversas épocas se ha ampliado su significado hasta adquirir el que conocemos en nuestros días, y que puede englobarse en “aprovecha el momento”. Podríamos decir que aconseja el disfrute del presente, una reflexión sobre la fugacidad de la vida y la necesidad de vivir con intensidad y con el objetivo de ser felices.
Hasta ahí, todo bien. Ciertamente hay que sacar partido de la vida y desechar malos pensamientos y sentimientos que nos la empañen y hagan que el día a día resulte una carga más que una suerte. Sin embargo, a menudo me he encontrado con la situación extrema. Personas que se angustian por estirar el tiempo, por no “perder” un segundo de sus vidas, que se sienten culpables y se cuestionan que no están exprimiéndolo todo como debieran. He vivido, incluso, muchas personas que al dejar una relación y no haberlo superado, dicen en consulta, hundidos y sintiéndose “no normales”: “no he superado mi ruptura y ya DEBERÍA haberlo superado, ¿no?” Cuando les preguntas de dónde viene esa idea, se quedan confusos: la gente de su alrededor, la comparativa con otras personas…su entorno les transmite la idea de que son lentos e inadecuados, y que las penas se tienen que digerir rápido, porque la vida es breve. Fast food, compra rápida, fila rápida, manicura rápida…todo rápido, todo ya. Correr y correr hacia no se sabe qué meta. Y con ello, también los sentimientos. Amar rápido y mucho, olvidar rápido, iniciar otra historia en cuanto se pueda.
Así, superar el día a día se convierte en un listado a veces de tareas que completar, tan largo que difícilmente se termina a tiempo, dejando siempre el amargo sabor de “al final he PERDIDO el tiempo y no he hecho esto que DEBERÍA…”, haciendo que nos veamos poco eficaces y pensando que siempre hay alguien al que, no sabes cómo, ¡le da tiempo a todo! Si estamos mal aparece el carpe diem, lo cual puede redundar en que te acabas sintiendo doblemente mal: estoy triste y encima no estoy aprovechando la vida como se supone que TENDRÍA QUE vivirla…y así un largo etcétera de ejemplos que nos convierten en personas esperando en un andén, mientras el tren de la vida pasa veloz delante de nuestros ojos.

La palabra clave es respeto. Respeto hacia uno mismo primero de todo. Sí, disfruta de las pequeñas cosas, no te ancles en el pasado ni en el futuro, de acuerdo, pero haz las cosas a TU ritmo, que no es el de nadie más, es el tuyo. Si resulta lento, pesado o incomprensible para los demás, ten el valor de seguirte respetando. Tú mejor que nadie sabes por las fases que tienes que pasar. Y si te sientes mal por tu ritmo, pide ayuda. Ten paciencia infinita contigo. A veces te desesperarás, te sentirás poco útil o dinámico, pero sigue creyendo en ti y date mil oportunidades. Si te respetas y aceptas, llegarás donde quieras. Más tarde o más temprano. Practica estas máximas a diario, contigo, recuérdatelo. Y recuerda que el mismo respeto que tú te mereces con tus ritmos es el que se merecen los demás. Ojalá entre todos podamos frenar este frenético devenir en el que está envuelta nuestra sociedad y aprendamos la maravilla de saborear la vida, a sorbitos y no a tragos, incluso cuando esos sorbitos tengan sabor amargo…feliz día.

martes, 10 de diciembre de 2013

YO PERDONO PERO NO OLVIDO

Es obvio y evidente que a lo largo de nuestra vida, frecuentemente en nuestra relación con los demás, se nos presentan numerosas situaciones en las que tomamos la decisión de perdonar o no. Afrontamos momentos de dolor provocados por los que nos rodean que, de manera a veces intencionada, otras involuntaria, hacen o dicen algo que consideramos como hiriente. A partir de ahí, se nos puede presentar este dilema…perdonar o no perdonar, esa es la cuestión. Perdonar y olvidar, solamente perdonar, no perdonar y acumular rencor hacia esa persona, desear venganza, o llevar la venganza a cabo. Así podríamos determinar un gradiente que oscila entre el perdón total y el rencor más enconado.
El que concedamos el perdón va determinado por muy diversas circunstancias, algunas de las cuales podemos detallar:
                -Tipo de vínculo con la persona. Perdonaremos con más facilidad a alguien a quien amamos o por quien sentimos un afecto profundo, que alguien con el que no tengamos ese vínculo estrecho. Las personas que queremos disfrutan de más indulgencia por nuestra parte, ya que el daño se equilibra con más facilidad con las experiencias positivas.
                -Reincidencia. Si no es la primera vez que esa persona nos ha hecho daño, probablemente nos va a costar más trabajo cuantas más veces ocurra. El famoso “perdono pero no olvido” hace que en nuestra memoria emocional perviva una huella por pequeña que sea, que se activa cuando esta persona vuelve a hacernos algo que consideramos que nos perjudica.
                -Intencionalidad del daño. Si el daño ha sido involuntario, si el acto o la palabra no han sido realizados con el propósito directo de herirnos, el perdón es mucho más fácil de otorgar. Al fin y al cabo, ¿no cometemos también nosotros errores? ¿estamos seguros de que jamás hemos hecho daño a nadie? Al igual que es imposible que nadie nos hiera, es imposible no hacer algo que pueda ofender o molestar, aunque no sea nuestra intención. Analicémonos más y no seamos más severos con nuestro entorno de lo que seríamos con nosotros mismos.
                -Actitud de la persona. Si esta persona está francamente arrepentida, si han existido unas disculpas y/o una actitud que evidencia claramente que le importan nuestros sentimientos, perdonarla brota con más fluidez.
De todos modos, más allá de estos condicionantes, el perdón va muy determinado por nuestra propia capacidad. Existen auténticos “acumuladores de rencor”, incapaces de dejar atrás el daño que perciben que se les ha hecho. Asumen perdonar como ser débil, siendo incapaces de cuestionar que la percepción de algo que ha ocurrido puede tener muchos matices. La realidad es que las personas que saben perdonar no son más débiles, sino que viven en paz consigo mismos y con los demás.
¿Qué implica perdonar? Implica lo que nosotros consideremos oportuno. No necesariamente conlleva el reestablecimiento de la relación; de hecho,  pueden tomarse diversas vías: puedes reflexionar “esto que hiciste me hizo daño, sufrí, pero ya es pasado, no quiero que nuestras vidas vayan unidas pero no te deseo nada malo”, también puedes decidir perdonar y seguir manteniendo vínculo con esa persona, pero transformando la relación, o puedes perdonar totalmente y continuar con esa persona de la misma manera.
¿Es eso posible, perdonar completamente? ¿Sabemos vivir ausentes de rencor? Quizás si, como hemos mencionado anteriormente, somos humildes, tomamos conciencia de que nosotros también cometemos fallos, y pensamos en toda esa energía negativa que el rencor produce y lo insano de permanecer en ese sentimiento, nos replanteemos perdonar más a menudo y en mayor profundidad. Las personas con mayor número de relaciones y lazos afectivos de mayor calidad, no es simplemente porque hayan tenido más “suerte”. Es porque, quizás, han decidido perdonar aunque a veces les hayan hecho daño, porque les compensa lo positivo que esa persona les pueda seguir aportando.

No se trata de permitir que nos hieran constantemente. Tú decides qué actitud tomar cuando alguien te ha producido dolor. Tan sólo, plantéate si el hecho es tan sumamente imperdonable cuando la ira haya disminuido. La vida es muy corta para guardar rencor a nadie…¡sed felices!

ENGÁNCHATE CONMIGO...


Elijo el título de esta mítica canción de Los Rodríguez, que versa sobre el deseo de que alguien se “enganche” sentimental hablando, para reflexionar acerca de las adicciones. Vivimos en un mundo en el que las posibles adicciones nos rodean, acechándonos, persiguiéndonos como sombras…hoy en día pareciera que uno puede ser adicto a cualquier cosa: tabaco, alcohol, drogas y juego se codean con otras como la adicción a las compras, al móvil, a las redes sociales, a los videojuegos, a comer, a cuidarse demasiado, a tomar el sol…por no hablar de esa dañina adicción que es el enganche a una relación sentimental insana, o la tendencia a establecerlas y mantenerlas en el tiempo. El catálogo es tan sumamente amplio que uno siempre se siente culpable, o débil, porque es difícil no tener alguna, más de una o al menos no cuestionarse “¿tengo alguna adicción?”
La definición de adicción podríamos decir que es la dependencia o necesidad hacia una sustancia, persona o comportamiento que produce satisfacción, al menos de manera inmediata, a la persona que la padece. Para que una necesidad se eleve a la categoría de adicción, tiene que ser significativa la incidencia de la misma en la vida de la persona; es decir, que no se controle (el “yo controlo” es de las frases más comunes del que no controla nada ya), que su vida gire en torno a la consecución de lo deseado, o que la ausencia de esa sustancia, persona o actividad le genere tal ansiedad o síndrome de abstinencia que piense que no pueda soportarlo. Si la adicción empieza a gobernar nuestra vida más que nosotros mismos, quizás debemos reconocer que tenemos un problema.
Las adicciones son tan comunes porque efectivamente en la inmediatez nos producen placer. Ofrecen evasión, huida del dolor, quizás escape de la realidad, o cubrir carencias que ni sabemos que teníamos. Su presencia es tan fuerte, que cuando conseguimos librarnos de ella, la sensación de vacío resulta aterradora. A la persona adicta que acaba de salir de ese laberinto, la vida se le antoja en blanco y negro, como si faltara “algo”. Ese “algo” es la dependencia que convivía e inundaba nuestra vida. Aprender a vivir sin ella es duro, máxime cuando nuestra traicionera memoria tiñe de color de rosa los recuerdos y nos ponemos trampas del tipo de “tampoco me hacía tanto daño, en realidad no dependía tanto”, “he sido tan feliz…si lo hiciera una vez más tampoco pasaría nada”. Los seres humanos somos expertos en boicotearnos a nosotros mismos y hacernos creer lo que queramos. Pero la realidad es que sí era para tanto en la mayoría de las ocasiones. Que nuestra vida, relaciones, salud física y/o emocional estaban viéndose afectadas de verdad. Y sobre todo, la libertad personal de decidir. Cuando algo que no eres tú ocupa el centro de tu vida, nada puede ir bien. Y la realidad es que, cuando consigues librarte de una adicción, la sensación de poder y liberación es absoluta. Volver a llevar las riendas de tu propia vida es algo que no tiene precio.
Una vez escuché una frase creo que de Boris Cyrulnik, que decía algo asi como que “el hecho de que una persona sea autónoma, es saber escoger sus dependencias”. Es decir, que siempre vamos a depender hasta ciertos niveles de otros o de cosas a nuestro alrededor. Es imposible no necesitar ni a nada ni a nadie. La clave es que esas dependencias no nos dominen, no tomen el control de nuestra vida y que seamos nosotros quien conscientemente las elijamos, y no ellas a nosotros.
Sé valiente si sospechas que puedes tener una adicción que está fastidiando lo que eres, tu vida entera. Anímate a intentarlo, porque nunca va a ser el momento adecuado para hacerlo. Apóyate en seres queridos o en lo que haga falta para salir, no hay que pasar por esto completamente solo.

Y recuerda…antes de engancharte a algo o a alguien, por encima de todo, engánchate a ti mismo.


CUANDO EL CUERPO HABLA MÁS QUE NUESTRAS PALABRAS...


“Mami, no quiero ir al cole…me duele la barriga…”. Así puede comenzar perfectamente la frase de un niño que sufre de dolor físico, por no poder entender o explicar que lo que le pasa es que está nervioso, preocupado o angustiado. Con el archiconocido argumento de “eso no es nada, tú lo que tienes es cuento”, a veces se ha denostado a las personas que afirman sentirse mal físicamente, aunque en las consultas médicas les aseguran que a nivel orgánico nada les ocurra. Es lo que todos hemos oído llamar como somatización.
La somatización deja más evidente que nunca la delgada línea que separa nuestro cuerpo de nuestra mente. Son manifestaciones físicas de malestar psicológico, lo cual no quiere decir que sean invenciones. Las personas que somatizan sufren de manera real, muchas veces incomprendida por ellos mismos, en desconexión total con la fuente de preocupaciones que se esconde detrás de ese dolor. Se trata de un fenómeno común que todos hemos podido sufrir alguna vez: un simple dolor de cabeza tras una pelea, un nudo en el estómago previo a un examen, que nos cueste conciliar el sueño durante un tiempo porque un pensamiento nos invade…el problema estriba en las somatizaciones a  mucha mayor escala. Hay personas que van de especialista a otro, y se sienten perdidos, viendo su salud mermada y sin que nadie les dé una respuesta satisfactoria. Cuando algún diagnóstico médico concluye “esto debe ser por ansiedad”, se culpabilizan y no entienden cómo ha podido ocurrir.
Diríamos que el cuerpo actúa como un traductor, pero a veces esta traducción no es simultánea, de ahí el desconcierto. Es decir, el malestar físico no va correlacionado al tiempo del problema. Puede ser incluso bastante después. Es cuando nuestros órganos, nuestra piel, nuestro sistema dice “ya basta, no puede seguir acumulando más”. Y eso puede tardar mucho más que la resolución de aquello que nos atormentaba. ¿Cómo podemos evitar dicha acumulación?
                -Mens sana in corpore sano. Cualquier cosa que cuidemos, se hace más fuerte, y nuestro físico no es una excepción. Cuidar lo que comemos, y sobre todo, el ejercicio físico, nos liberará de grandes tensiones, será una excelente válvula de regulación mental. Si además ese deporte nos hace disfrutar, se generarán una gran cantidad de endorfinas, las famosas “hormonas de la felicidad”. Busca una actividad que te guste y vence a la pereza.
                -With a little help for my friends. Está más que demostrado el poder terapéutico de los amigos. Para mí, una charla con alguien que te escucha, acepta y comprende es mejor que cualquier ansiolítico. No te lo quedes todo adentro si hay algo que te angustia. Busca a la persona adecuada, sea familiar, amigo o pareja, y explica qué te pasa. Ver otro punto de vista y apoyarte en alguien ayuda a liberar tensiones.
                -¡Pero si a mí no me pasa nada!! Escucha más a tu cuerpo. Te está traduciendo algo sobre ti mismo. Aunque te sientas genial, quizás te esté indicando que bajes el ritmo, o no sea más que un reflejo de algo ya superado, o puede que sea algo que no quieras asumir, y debas ocuparte de ello.
                -¿Un psicólogo? ¡Si yo no estoy loco! Los profesionales podemos ser de gran ayuda en este tipo de situaciones. Al igual que acudimos a médicos cuando algo nos duele, ¿por qué no apoyarnos en lo que pueda ofrecernos la psicología?
                -Hay algo más allá de tu propio ombligo. No te preocupes tanto por cualquier signo de malestar físico que percibas, no lo vivas con angustia…preocúpate menos y actúa más, haz cosas que te sienten bien.
Sobre todo, vivamos con más calma y seamos coleccionadores de momentos bonitos, aunque sean pequeños. Enlentece tu ritmo, disfruta de cada pequeño paso dado. Intentemos no ser devorados por el ritmo que nos imponen. Tu cuerpo siempre te lo agradecerá.