martes, 10 de diciembre de 2013

ENGÁNCHATE CONMIGO...


Elijo el título de esta mítica canción de Los Rodríguez, que versa sobre el deseo de que alguien se “enganche” sentimental hablando, para reflexionar acerca de las adicciones. Vivimos en un mundo en el que las posibles adicciones nos rodean, acechándonos, persiguiéndonos como sombras…hoy en día pareciera que uno puede ser adicto a cualquier cosa: tabaco, alcohol, drogas y juego se codean con otras como la adicción a las compras, al móvil, a las redes sociales, a los videojuegos, a comer, a cuidarse demasiado, a tomar el sol…por no hablar de esa dañina adicción que es el enganche a una relación sentimental insana, o la tendencia a establecerlas y mantenerlas en el tiempo. El catálogo es tan sumamente amplio que uno siempre se siente culpable, o débil, porque es difícil no tener alguna, más de una o al menos no cuestionarse “¿tengo alguna adicción?”
La definición de adicción podríamos decir que es la dependencia o necesidad hacia una sustancia, persona o comportamiento que produce satisfacción, al menos de manera inmediata, a la persona que la padece. Para que una necesidad se eleve a la categoría de adicción, tiene que ser significativa la incidencia de la misma en la vida de la persona; es decir, que no se controle (el “yo controlo” es de las frases más comunes del que no controla nada ya), que su vida gire en torno a la consecución de lo deseado, o que la ausencia de esa sustancia, persona o actividad le genere tal ansiedad o síndrome de abstinencia que piense que no pueda soportarlo. Si la adicción empieza a gobernar nuestra vida más que nosotros mismos, quizás debemos reconocer que tenemos un problema.
Las adicciones son tan comunes porque efectivamente en la inmediatez nos producen placer. Ofrecen evasión, huida del dolor, quizás escape de la realidad, o cubrir carencias que ni sabemos que teníamos. Su presencia es tan fuerte, que cuando conseguimos librarnos de ella, la sensación de vacío resulta aterradora. A la persona adicta que acaba de salir de ese laberinto, la vida se le antoja en blanco y negro, como si faltara “algo”. Ese “algo” es la dependencia que convivía e inundaba nuestra vida. Aprender a vivir sin ella es duro, máxime cuando nuestra traicionera memoria tiñe de color de rosa los recuerdos y nos ponemos trampas del tipo de “tampoco me hacía tanto daño, en realidad no dependía tanto”, “he sido tan feliz…si lo hiciera una vez más tampoco pasaría nada”. Los seres humanos somos expertos en boicotearnos a nosotros mismos y hacernos creer lo que queramos. Pero la realidad es que sí era para tanto en la mayoría de las ocasiones. Que nuestra vida, relaciones, salud física y/o emocional estaban viéndose afectadas de verdad. Y sobre todo, la libertad personal de decidir. Cuando algo que no eres tú ocupa el centro de tu vida, nada puede ir bien. Y la realidad es que, cuando consigues librarte de una adicción, la sensación de poder y liberación es absoluta. Volver a llevar las riendas de tu propia vida es algo que no tiene precio.
Una vez escuché una frase creo que de Boris Cyrulnik, que decía algo asi como que “el hecho de que una persona sea autónoma, es saber escoger sus dependencias”. Es decir, que siempre vamos a depender hasta ciertos niveles de otros o de cosas a nuestro alrededor. Es imposible no necesitar ni a nada ni a nadie. La clave es que esas dependencias no nos dominen, no tomen el control de nuestra vida y que seamos nosotros quien conscientemente las elijamos, y no ellas a nosotros.
Sé valiente si sospechas que puedes tener una adicción que está fastidiando lo que eres, tu vida entera. Anímate a intentarlo, porque nunca va a ser el momento adecuado para hacerlo. Apóyate en seres queridos o en lo que haga falta para salir, no hay que pasar por esto completamente solo.

Y recuerda…antes de engancharte a algo o a alguien, por encima de todo, engánchate a ti mismo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario