Elijo el título de esta mítica canción
de Los Rodríguez, que versa sobre el deseo de que alguien se “enganche”
sentimental hablando, para reflexionar acerca de las adicciones. Vivimos en un
mundo en el que las posibles adicciones nos rodean, acechándonos,
persiguiéndonos como sombras…hoy en día pareciera que uno puede ser adicto a
cualquier cosa: tabaco, alcohol, drogas y juego se codean con otras como la
adicción a las compras, al móvil, a las redes sociales, a los videojuegos, a
comer, a cuidarse demasiado, a tomar el sol…por no hablar de esa dañina
adicción que es el enganche a una relación sentimental insana, o la tendencia a
establecerlas y mantenerlas en el tiempo. El catálogo es tan sumamente amplio
que uno siempre se siente culpable, o débil, porque es difícil no tener alguna,
más de una o al menos no cuestionarse “¿tengo alguna adicción?”
La definición de adicción
podríamos decir que es la dependencia o necesidad hacia una sustancia, persona
o comportamiento que produce satisfacción, al menos de manera inmediata, a la
persona que la padece. Para que una necesidad se eleve a la categoría de
adicción, tiene que ser significativa la incidencia de la misma en la vida de
la persona; es decir, que no se controle (el “yo controlo” es de las frases más
comunes del que no controla nada ya), que su vida gire en torno a la
consecución de lo deseado, o que la ausencia de esa sustancia, persona o
actividad le genere tal ansiedad o síndrome de abstinencia que piense que no
pueda soportarlo. Si la adicción empieza a gobernar nuestra vida más que
nosotros mismos, quizás debemos reconocer que tenemos un problema.
Las adicciones son tan comunes
porque efectivamente en la inmediatez nos producen placer. Ofrecen evasión,
huida del dolor, quizás escape de la realidad, o cubrir carencias que ni
sabemos que teníamos. Su presencia es tan fuerte, que cuando conseguimos
librarnos de ella, la sensación de vacío resulta aterradora. A la persona
adicta que acaba de salir de ese laberinto, la vida se le antoja en blanco y
negro, como si faltara “algo”. Ese “algo” es la dependencia que convivía e
inundaba nuestra vida. Aprender a vivir sin ella es duro, máxime cuando nuestra
traicionera memoria tiñe de color de rosa los recuerdos y nos ponemos trampas
del tipo de “tampoco me hacía tanto daño, en realidad no dependía tanto”, “he
sido tan feliz…si lo hiciera una vez más tampoco pasaría nada”. Los seres
humanos somos expertos en boicotearnos a nosotros mismos y hacernos creer lo
que queramos. Pero la realidad es que sí era para tanto en la mayoría de las
ocasiones. Que nuestra vida, relaciones, salud física y/o emocional estaban
viéndose afectadas de verdad. Y sobre todo, la libertad personal de decidir.
Cuando algo que no eres tú ocupa el centro de tu vida, nada puede ir bien. Y la
realidad es que, cuando consigues librarte de una adicción, la sensación de
poder y liberación es absoluta. Volver a llevar las riendas de tu propia vida
es algo que no tiene precio.
Una vez escuché una frase creo
que de Boris Cyrulnik, que decía algo asi como que “el hecho de que una persona sea autónoma, es saber escoger sus
dependencias”. Es decir, que siempre vamos a depender hasta ciertos niveles
de otros o de cosas a nuestro alrededor. Es imposible no necesitar ni a nada ni
a nadie. La clave es que esas dependencias no nos dominen, no tomen el control
de nuestra vida y que seamos nosotros quien conscientemente las elijamos, y no
ellas a nosotros.
Sé valiente si sospechas que
puedes tener una adicción que está fastidiando lo que eres, tu vida entera.
Anímate a intentarlo, porque nunca va a ser el momento adecuado para hacerlo.
Apóyate en seres queridos o en lo que haga falta para salir, no hay que pasar
por esto completamente solo.

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