Carpe diem puede ser la locución
latina más difundida y reconocida por todos nosotros. Formulada por el poeta
Horacio, literalmente significa “toma el día”, pero a través de diversas épocas
se ha ampliado su significado hasta adquirir el que conocemos en nuestros días,
y que puede englobarse en “aprovecha el momento”. Podríamos decir que aconseja
el disfrute del presente, una reflexión sobre la fugacidad de la vida y la
necesidad de vivir con intensidad y con el objetivo de ser felices.
Hasta ahí, todo bien. Ciertamente
hay que sacar partido de la vida y desechar malos pensamientos y sentimientos
que nos la empañen y hagan que el día a día resulte una carga más que una
suerte. Sin embargo, a menudo me he encontrado con la situación extrema.
Personas que se angustian por estirar el tiempo, por no “perder” un segundo de
sus vidas, que se sienten culpables y se cuestionan que no están exprimiéndolo
todo como debieran. He vivido, incluso, muchas personas que al dejar una
relación y no haberlo superado, dicen en consulta, hundidos y sintiéndose “no
normales”: “no he superado mi ruptura y ya DEBERÍA
haberlo superado, ¿no?” Cuando les preguntas de dónde viene esa idea, se
quedan confusos: la gente de su alrededor, la comparativa con otras personas…su
entorno les transmite la idea de que son lentos e inadecuados, y que las penas
se tienen que digerir rápido, porque la vida es breve. Fast food, compra
rápida, fila rápida, manicura rápida…todo rápido, todo ya. Correr y correr
hacia no se sabe qué meta. Y con ello, también los sentimientos. Amar rápido y
mucho, olvidar rápido, iniciar otra historia en cuanto se pueda.
Así, superar el día a día se
convierte en un listado a veces de tareas que completar, tan largo que difícilmente
se termina a tiempo, dejando siempre el amargo sabor de “al final he PERDIDO el tiempo y no he hecho
esto que DEBERÍA…”, haciendo
que nos veamos poco eficaces y pensando que siempre hay alguien al que, no
sabes cómo, ¡le da tiempo a todo! Si estamos mal aparece el carpe diem, lo cual
puede redundar en que te acabas sintiendo doblemente mal: estoy triste y encima
no estoy aprovechando la vida como se supone que TENDRÍA QUE vivirla…y así un largo etcétera de ejemplos que
nos convierten en personas esperando en un andén, mientras el tren de la vida
pasa veloz delante de nuestros ojos.
La palabra clave es respeto.
Respeto hacia uno mismo primero de todo. Sí, disfruta de las pequeñas cosas, no
te ancles en el pasado ni en el futuro, de acuerdo, pero haz las cosas a TU ritmo, que no es el de nadie más, es
el tuyo. Si resulta lento, pesado o incomprensible para los demás, ten el valor
de seguirte respetando. Tú mejor que nadie sabes por las fases que tienes que
pasar. Y si te sientes mal por tu ritmo, pide ayuda. Ten paciencia infinita
contigo. A veces te desesperarás, te sentirás poco útil o dinámico, pero sigue
creyendo en ti y date mil oportunidades. Si te respetas y aceptas, llegarás
donde quieras. Más tarde o más temprano. Practica estas máximas a diario,
contigo, recuérdatelo. Y recuerda que el mismo respeto que tú te mereces con
tus ritmos es el que se merecen los demás. Ojalá entre todos podamos frenar
este frenético devenir en el que está envuelta nuestra sociedad y aprendamos la
maravilla de saborear la vida, a sorbitos y no a tragos, incluso cuando esos
sorbitos tengan sabor amargo…feliz día.

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