Es obvio y evidente que
a lo largo de nuestra vida, frecuentemente en nuestra relación con los demás,
se nos presentan numerosas situaciones en las que tomamos la decisión de
perdonar o no. Afrontamos momentos de dolor provocados por los que nos rodean
que, de manera a veces intencionada, otras involuntaria, hacen o dicen algo que
consideramos como hiriente. A partir de ahí, se nos puede presentar este
dilema…perdonar o no perdonar, esa es la cuestión. Perdonar y olvidar, solamente
perdonar, no perdonar y acumular rencor hacia esa persona, desear venganza, o
llevar la venganza a cabo. Así podríamos determinar un gradiente que oscila entre
el perdón total y el rencor más enconado.
El que concedamos el
perdón va determinado por muy diversas circunstancias, algunas de las cuales
podemos detallar:
-Tipo de
vínculo con la persona. Perdonaremos con más facilidad a alguien a quien
amamos o por quien sentimos un afecto profundo, que alguien con el que no
tengamos ese vínculo estrecho. Las personas que queremos disfrutan de más
indulgencia por nuestra parte, ya que el daño se equilibra con más facilidad con
las experiencias positivas.
-Reincidencia.
Si no es la primera vez que esa persona nos ha hecho daño, probablemente nos va
a costar más trabajo cuantas más veces ocurra. El famoso “perdono pero no
olvido” hace que en nuestra memoria emocional perviva una huella por pequeña
que sea, que se activa cuando esta persona vuelve a hacernos algo que
consideramos que nos perjudica.
-Intencionalidad
del daño. Si el daño ha sido involuntario, si el acto o la palabra no han
sido realizados con el propósito directo de herirnos, el perdón es mucho más
fácil de otorgar. Al fin y al cabo, ¿no cometemos también nosotros errores? ¿estamos
seguros de que jamás hemos hecho daño a nadie? Al igual que es imposible que
nadie nos hiera, es imposible no hacer algo que pueda ofender o molestar,
aunque no sea nuestra intención. Analicémonos más y no seamos más severos con
nuestro entorno de lo que seríamos con nosotros mismos.
-Actitud de la
persona. Si esta persona está francamente arrepentida, si han existido unas
disculpas y/o una actitud que evidencia claramente que le importan nuestros
sentimientos, perdonarla brota con más fluidez.
De todos modos, más
allá de estos condicionantes, el perdón va muy determinado por nuestra propia
capacidad. Existen auténticos “acumuladores de rencor”, incapaces de dejar
atrás el daño que perciben que se les ha hecho. Asumen perdonar como ser débil,
siendo incapaces de cuestionar que la percepción de algo que ha ocurrido puede
tener muchos matices. La realidad es que las personas que saben perdonar no son
más débiles, sino que viven en paz consigo mismos y con los demás.
¿Qué implica perdonar?
Implica lo que nosotros consideremos oportuno. No necesariamente conlleva el reestablecimiento
de la relación; de hecho, pueden tomarse
diversas vías: puedes reflexionar “esto que hiciste me hizo daño, sufrí, pero
ya es pasado, no quiero que nuestras vidas vayan unidas pero no te deseo nada
malo”, también puedes decidir perdonar y seguir manteniendo vínculo con esa
persona, pero transformando la relación, o puedes perdonar totalmente y
continuar con esa persona de la misma manera.
¿Es eso posible,
perdonar completamente? ¿Sabemos vivir ausentes de rencor? Quizás si, como
hemos mencionado anteriormente, somos humildes, tomamos conciencia de que
nosotros también cometemos fallos, y pensamos en toda esa energía negativa que
el rencor produce y lo insano de permanecer en ese sentimiento, nos replanteemos
perdonar más a menudo y en mayor profundidad. Las personas con mayor número de
relaciones y lazos afectivos de mayor calidad, no es simplemente porque hayan
tenido más “suerte”. Es porque, quizás, han decidido perdonar aunque a veces
les hayan hecho daño, porque les compensa lo positivo que esa persona les pueda
seguir aportando.
No se trata de permitir
que nos hieran constantemente. Tú decides qué actitud tomar cuando alguien te
ha producido dolor. Tan sólo, plantéate si el hecho es tan sumamente
imperdonable cuando la ira haya disminuido. La vida es muy corta para guardar
rencor a nadie…¡sed felices!

Hola María!, leido tu artículo y en un momento kit-kat en el trabajo, te transmito mi reflexión personal:
ResponderEliminarCreo que la frase "perdono pero no olvido" constituye todo un clásico de las relaciones humanas, que en mayor o menor medida, cada uno de nosotros en algún momento/s de nuestras vidas la hemos hecho nuestra.
Pero creo igualmente, que en la mayor parte de los casos, la vendemos como nuestra verdad, pero nos engañamos a nosotros mismos y a los que elegimos para compartirla. Porque sinceramente creo que en muchos casos en el fondo no perdonamos del todo, y que quizá haga falta una buena dosis de olvido para de verdad perdonar (por incomparecencia en nuestra mente ;) ).
Lo más importante de toda esta cuestión centrada en la frase de marras, es que si se olvida o no se olvida es algo totalmente secundario, ya que lo que verdaderamente importa es saber o poder perdonar de corazón.
La acción del perdón sincero, nos libera, nos hace avanzar, superar obstáculos enraizados en nuestra mente, volver a apreciar las virtudes de aquellas personas "enfiladas" por nuestro rencor, porque en mi opinión el no perdón y el rencor son algo más que amigos.
Estoy muy de acuerdo contigo en que es totalmente independiente saber perdonar y el tipo de relación que puedas mantener a continuación con esa persona. Quizá las cartas que se pusieron sobre la mesa durante la relación pesen mucho, desvirtúan la reconciliación y prudentemente nos aconsejen una retirada que a la larga consolida la separación de los caminos de cada uno.
A pesar de todo, creo que el objetivo a conseguir, es intentar conseguir borrar la "afrenta" del todo y tratar de recuperar todo aquéllo o casi todo aquéllo que nos unió y nos hizo escribir páginas maravillosas de nuestras vidas.
Como no, me encantó tu artículo reina. Espero no defraudarte nunca, no vaya a ser que tenga razón en lo que escribo.
Un beso!