“Mami, no quiero ir al cole…me
duele la barriga…”. Así puede comenzar perfectamente la frase de un niño que
sufre de dolor físico, por no poder entender o explicar que lo que le pasa es
que está nervioso, preocupado o angustiado. Con el archiconocido argumento de
“eso no es nada, tú lo que tienes es cuento”, a veces se ha denostado a las
personas que afirman sentirse mal físicamente, aunque en las consultas médicas
les aseguran que a nivel orgánico nada les ocurra. Es lo que todos hemos oído
llamar como somatización.
La somatización deja más evidente
que nunca la delgada línea que separa nuestro cuerpo de nuestra mente. Son
manifestaciones físicas de malestar psicológico, lo cual no quiere decir que
sean invenciones. Las personas que somatizan sufren de manera real, muchas
veces incomprendida por ellos mismos, en desconexión total con la fuente de
preocupaciones que se esconde detrás de ese dolor. Se trata de un fenómeno
común que todos hemos podido sufrir alguna vez: un simple dolor de cabeza tras
una pelea, un nudo en el estómago previo a un examen, que nos cueste conciliar
el sueño durante un tiempo porque un pensamiento nos invade…el problema estriba
en las somatizaciones a mucha mayor
escala. Hay personas que van de especialista a otro, y se sienten perdidos,
viendo su salud mermada y sin que nadie les dé una respuesta satisfactoria.
Cuando algún diagnóstico médico concluye “esto debe ser por ansiedad”, se
culpabilizan y no entienden cómo ha podido ocurrir.
Diríamos que el cuerpo actúa como
un traductor, pero a veces esta traducción no es simultánea, de ahí el
desconcierto. Es decir, el malestar físico no va correlacionado al tiempo del
problema. Puede ser incluso bastante después. Es cuando nuestros órganos,
nuestra piel, nuestro sistema dice “ya basta, no puede seguir acumulando más”.
Y eso puede tardar mucho más que la resolución de aquello que nos atormentaba.
¿Cómo podemos evitar dicha acumulación?
-Mens sana in corpore sano. Cualquier
cosa que cuidemos, se hace más fuerte, y nuestro físico no es una excepción.
Cuidar lo que comemos, y sobre todo, el ejercicio físico, nos liberará de
grandes tensiones, será una excelente válvula de regulación mental. Si además
ese deporte nos hace disfrutar, se generarán una gran cantidad de endorfinas,
las famosas “hormonas de la felicidad”. Busca una actividad que te guste y
vence a la pereza.
-With a little help for my friends. Está más que demostrado
el poder terapéutico de los amigos. Para mí, una charla con alguien que te
escucha, acepta y comprende es mejor que cualquier ansiolítico. No te lo quedes
todo adentro si hay algo que te angustia. Busca a la persona adecuada, sea
familiar, amigo o pareja, y explica qué te pasa. Ver otro punto de vista y
apoyarte en alguien ayuda a liberar tensiones.
-¡Pero si a mí no me pasa nada!!
Escucha más a tu cuerpo. Te está traduciendo algo sobre ti mismo. Aunque te
sientas genial, quizás te esté indicando que bajes el ritmo, o no sea más que
un reflejo de algo ya superado, o puede que sea algo que no quieras asumir, y
debas ocuparte de ello.
-¿Un psicólogo? ¡Si yo no estoy loco!
Los profesionales podemos ser de gran ayuda en este tipo de situaciones. Al
igual que acudimos a médicos cuando algo nos duele, ¿por qué no apoyarnos en lo
que pueda ofrecernos la psicología?
-Hay algo más allá de tu propio ombligo.
No te preocupes tanto por cualquier signo de malestar físico que percibas, no
lo vivas con angustia…preocúpate menos y actúa más, haz cosas que te sienten
bien.
Sobre todo, vivamos con más calma
y seamos coleccionadores de momentos bonitos, aunque sean pequeños. Enlentece
tu ritmo, disfruta de cada pequeño paso dado. Intentemos no ser devorados por
el ritmo que nos imponen. Tu cuerpo siempre te lo agradecerá.

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