martes, 10 de diciembre de 2013

YO PERDONO PERO NO OLVIDO

Es obvio y evidente que a lo largo de nuestra vida, frecuentemente en nuestra relación con los demás, se nos presentan numerosas situaciones en las que tomamos la decisión de perdonar o no. Afrontamos momentos de dolor provocados por los que nos rodean que, de manera a veces intencionada, otras involuntaria, hacen o dicen algo que consideramos como hiriente. A partir de ahí, se nos puede presentar este dilema…perdonar o no perdonar, esa es la cuestión. Perdonar y olvidar, solamente perdonar, no perdonar y acumular rencor hacia esa persona, desear venganza, o llevar la venganza a cabo. Así podríamos determinar un gradiente que oscila entre el perdón total y el rencor más enconado.
El que concedamos el perdón va determinado por muy diversas circunstancias, algunas de las cuales podemos detallar:
                -Tipo de vínculo con la persona. Perdonaremos con más facilidad a alguien a quien amamos o por quien sentimos un afecto profundo, que alguien con el que no tengamos ese vínculo estrecho. Las personas que queremos disfrutan de más indulgencia por nuestra parte, ya que el daño se equilibra con más facilidad con las experiencias positivas.
                -Reincidencia. Si no es la primera vez que esa persona nos ha hecho daño, probablemente nos va a costar más trabajo cuantas más veces ocurra. El famoso “perdono pero no olvido” hace que en nuestra memoria emocional perviva una huella por pequeña que sea, que se activa cuando esta persona vuelve a hacernos algo que consideramos que nos perjudica.
                -Intencionalidad del daño. Si el daño ha sido involuntario, si el acto o la palabra no han sido realizados con el propósito directo de herirnos, el perdón es mucho más fácil de otorgar. Al fin y al cabo, ¿no cometemos también nosotros errores? ¿estamos seguros de que jamás hemos hecho daño a nadie? Al igual que es imposible que nadie nos hiera, es imposible no hacer algo que pueda ofender o molestar, aunque no sea nuestra intención. Analicémonos más y no seamos más severos con nuestro entorno de lo que seríamos con nosotros mismos.
                -Actitud de la persona. Si esta persona está francamente arrepentida, si han existido unas disculpas y/o una actitud que evidencia claramente que le importan nuestros sentimientos, perdonarla brota con más fluidez.
De todos modos, más allá de estos condicionantes, el perdón va muy determinado por nuestra propia capacidad. Existen auténticos “acumuladores de rencor”, incapaces de dejar atrás el daño que perciben que se les ha hecho. Asumen perdonar como ser débil, siendo incapaces de cuestionar que la percepción de algo que ha ocurrido puede tener muchos matices. La realidad es que las personas que saben perdonar no son más débiles, sino que viven en paz consigo mismos y con los demás.
¿Qué implica perdonar? Implica lo que nosotros consideremos oportuno. No necesariamente conlleva el reestablecimiento de la relación; de hecho,  pueden tomarse diversas vías: puedes reflexionar “esto que hiciste me hizo daño, sufrí, pero ya es pasado, no quiero que nuestras vidas vayan unidas pero no te deseo nada malo”, también puedes decidir perdonar y seguir manteniendo vínculo con esa persona, pero transformando la relación, o puedes perdonar totalmente y continuar con esa persona de la misma manera.
¿Es eso posible, perdonar completamente? ¿Sabemos vivir ausentes de rencor? Quizás si, como hemos mencionado anteriormente, somos humildes, tomamos conciencia de que nosotros también cometemos fallos, y pensamos en toda esa energía negativa que el rencor produce y lo insano de permanecer en ese sentimiento, nos replanteemos perdonar más a menudo y en mayor profundidad. Las personas con mayor número de relaciones y lazos afectivos de mayor calidad, no es simplemente porque hayan tenido más “suerte”. Es porque, quizás, han decidido perdonar aunque a veces les hayan hecho daño, porque les compensa lo positivo que esa persona les pueda seguir aportando.

No se trata de permitir que nos hieran constantemente. Tú decides qué actitud tomar cuando alguien te ha producido dolor. Tan sólo, plantéate si el hecho es tan sumamente imperdonable cuando la ira haya disminuido. La vida es muy corta para guardar rencor a nadie…¡sed felices!

ENGÁNCHATE CONMIGO...


Elijo el título de esta mítica canción de Los Rodríguez, que versa sobre el deseo de que alguien se “enganche” sentimental hablando, para reflexionar acerca de las adicciones. Vivimos en un mundo en el que las posibles adicciones nos rodean, acechándonos, persiguiéndonos como sombras…hoy en día pareciera que uno puede ser adicto a cualquier cosa: tabaco, alcohol, drogas y juego se codean con otras como la adicción a las compras, al móvil, a las redes sociales, a los videojuegos, a comer, a cuidarse demasiado, a tomar el sol…por no hablar de esa dañina adicción que es el enganche a una relación sentimental insana, o la tendencia a establecerlas y mantenerlas en el tiempo. El catálogo es tan sumamente amplio que uno siempre se siente culpable, o débil, porque es difícil no tener alguna, más de una o al menos no cuestionarse “¿tengo alguna adicción?”
La definición de adicción podríamos decir que es la dependencia o necesidad hacia una sustancia, persona o comportamiento que produce satisfacción, al menos de manera inmediata, a la persona que la padece. Para que una necesidad se eleve a la categoría de adicción, tiene que ser significativa la incidencia de la misma en la vida de la persona; es decir, que no se controle (el “yo controlo” es de las frases más comunes del que no controla nada ya), que su vida gire en torno a la consecución de lo deseado, o que la ausencia de esa sustancia, persona o actividad le genere tal ansiedad o síndrome de abstinencia que piense que no pueda soportarlo. Si la adicción empieza a gobernar nuestra vida más que nosotros mismos, quizás debemos reconocer que tenemos un problema.
Las adicciones son tan comunes porque efectivamente en la inmediatez nos producen placer. Ofrecen evasión, huida del dolor, quizás escape de la realidad, o cubrir carencias que ni sabemos que teníamos. Su presencia es tan fuerte, que cuando conseguimos librarnos de ella, la sensación de vacío resulta aterradora. A la persona adicta que acaba de salir de ese laberinto, la vida se le antoja en blanco y negro, como si faltara “algo”. Ese “algo” es la dependencia que convivía e inundaba nuestra vida. Aprender a vivir sin ella es duro, máxime cuando nuestra traicionera memoria tiñe de color de rosa los recuerdos y nos ponemos trampas del tipo de “tampoco me hacía tanto daño, en realidad no dependía tanto”, “he sido tan feliz…si lo hiciera una vez más tampoco pasaría nada”. Los seres humanos somos expertos en boicotearnos a nosotros mismos y hacernos creer lo que queramos. Pero la realidad es que sí era para tanto en la mayoría de las ocasiones. Que nuestra vida, relaciones, salud física y/o emocional estaban viéndose afectadas de verdad. Y sobre todo, la libertad personal de decidir. Cuando algo que no eres tú ocupa el centro de tu vida, nada puede ir bien. Y la realidad es que, cuando consigues librarte de una adicción, la sensación de poder y liberación es absoluta. Volver a llevar las riendas de tu propia vida es algo que no tiene precio.
Una vez escuché una frase creo que de Boris Cyrulnik, que decía algo asi como que “el hecho de que una persona sea autónoma, es saber escoger sus dependencias”. Es decir, que siempre vamos a depender hasta ciertos niveles de otros o de cosas a nuestro alrededor. Es imposible no necesitar ni a nada ni a nadie. La clave es que esas dependencias no nos dominen, no tomen el control de nuestra vida y que seamos nosotros quien conscientemente las elijamos, y no ellas a nosotros.
Sé valiente si sospechas que puedes tener una adicción que está fastidiando lo que eres, tu vida entera. Anímate a intentarlo, porque nunca va a ser el momento adecuado para hacerlo. Apóyate en seres queridos o en lo que haga falta para salir, no hay que pasar por esto completamente solo.

Y recuerda…antes de engancharte a algo o a alguien, por encima de todo, engánchate a ti mismo.


CUANDO EL CUERPO HABLA MÁS QUE NUESTRAS PALABRAS...


“Mami, no quiero ir al cole…me duele la barriga…”. Así puede comenzar perfectamente la frase de un niño que sufre de dolor físico, por no poder entender o explicar que lo que le pasa es que está nervioso, preocupado o angustiado. Con el archiconocido argumento de “eso no es nada, tú lo que tienes es cuento”, a veces se ha denostado a las personas que afirman sentirse mal físicamente, aunque en las consultas médicas les aseguran que a nivel orgánico nada les ocurra. Es lo que todos hemos oído llamar como somatización.
La somatización deja más evidente que nunca la delgada línea que separa nuestro cuerpo de nuestra mente. Son manifestaciones físicas de malestar psicológico, lo cual no quiere decir que sean invenciones. Las personas que somatizan sufren de manera real, muchas veces incomprendida por ellos mismos, en desconexión total con la fuente de preocupaciones que se esconde detrás de ese dolor. Se trata de un fenómeno común que todos hemos podido sufrir alguna vez: un simple dolor de cabeza tras una pelea, un nudo en el estómago previo a un examen, que nos cueste conciliar el sueño durante un tiempo porque un pensamiento nos invade…el problema estriba en las somatizaciones a  mucha mayor escala. Hay personas que van de especialista a otro, y se sienten perdidos, viendo su salud mermada y sin que nadie les dé una respuesta satisfactoria. Cuando algún diagnóstico médico concluye “esto debe ser por ansiedad”, se culpabilizan y no entienden cómo ha podido ocurrir.
Diríamos que el cuerpo actúa como un traductor, pero a veces esta traducción no es simultánea, de ahí el desconcierto. Es decir, el malestar físico no va correlacionado al tiempo del problema. Puede ser incluso bastante después. Es cuando nuestros órganos, nuestra piel, nuestro sistema dice “ya basta, no puede seguir acumulando más”. Y eso puede tardar mucho más que la resolución de aquello que nos atormentaba. ¿Cómo podemos evitar dicha acumulación?
                -Mens sana in corpore sano. Cualquier cosa que cuidemos, se hace más fuerte, y nuestro físico no es una excepción. Cuidar lo que comemos, y sobre todo, el ejercicio físico, nos liberará de grandes tensiones, será una excelente válvula de regulación mental. Si además ese deporte nos hace disfrutar, se generarán una gran cantidad de endorfinas, las famosas “hormonas de la felicidad”. Busca una actividad que te guste y vence a la pereza.
                -With a little help for my friends. Está más que demostrado el poder terapéutico de los amigos. Para mí, una charla con alguien que te escucha, acepta y comprende es mejor que cualquier ansiolítico. No te lo quedes todo adentro si hay algo que te angustia. Busca a la persona adecuada, sea familiar, amigo o pareja, y explica qué te pasa. Ver otro punto de vista y apoyarte en alguien ayuda a liberar tensiones.
                -¡Pero si a mí no me pasa nada!! Escucha más a tu cuerpo. Te está traduciendo algo sobre ti mismo. Aunque te sientas genial, quizás te esté indicando que bajes el ritmo, o no sea más que un reflejo de algo ya superado, o puede que sea algo que no quieras asumir, y debas ocuparte de ello.
                -¿Un psicólogo? ¡Si yo no estoy loco! Los profesionales podemos ser de gran ayuda en este tipo de situaciones. Al igual que acudimos a médicos cuando algo nos duele, ¿por qué no apoyarnos en lo que pueda ofrecernos la psicología?
                -Hay algo más allá de tu propio ombligo. No te preocupes tanto por cualquier signo de malestar físico que percibas, no lo vivas con angustia…preocúpate menos y actúa más, haz cosas que te sienten bien.
Sobre todo, vivamos con más calma y seamos coleccionadores de momentos bonitos, aunque sean pequeños. Enlentece tu ritmo, disfruta de cada pequeño paso dado. Intentemos no ser devorados por el ritmo que nos imponen. Tu cuerpo siempre te lo agradecerá.