lunes, 10 de marzo de 2014

APRENDER A VIVIR EN PAZ CON LOS CONFLICTOS...

Podría decirse que el conflicto es algo inherente al ser humano, y un producto de nuestras interrelaciones con las demás personas, con nuestros contextos, desde el más próximo al lejano. Desde que nacemos, experimentamos diversas situaciones de conflictos, que oscilan desde el interno hasta el sentimental y/o el familiar, pasando por conflictos con grupos o en nuestro ambiente de trabajo. Sabemos que es algo que, queramos o no, vamos a vivenciar a menudo. Sin embargo, ¿lo aceptamos como algo natural? ¿Sabemos gestionarlos? ¿Somos conscientes de cómo manejamos los conflictos en nuestro día a día?
De entre las miles de definiciones existentes, simplificando podríamos decir que un conflicto es un desacuerdo entre dos o más partes, con las consecuencias que de ello pueden derivar. Si bien es cierto que esta definición deja a un lado los conflictos personales con los que a menudo tenemos que batallar porque surjan contradicciones internas, y que no son otra cosa que desacuerdos, pero con nosotros mismos, diferencias entre nuestro sentir y nuestro actuar.
Todos tenemos, por así decirlo, un “estilo” a la hora de enfrentarnos a dicha situación, que dependerá de nuestra personalidad y de nuestras experiencias previas. De esta manera, puede ser que tendamos a evitarlos, ya que no soportemos la angustia que nos producen, haciendo lo que sea para no tenerlos, o que las emociones que nos produce dicho conflicto nos bloqueen, siendo incapaces de resolverlo, o por el contrario, que tengamos un estilo relacional en el que abordemos con agresividad al otro, invadidos por la ira, no pudiendo gestionarlos adecuadamente. Es para todo esto básico que conozcamos cómo nos situamos nosotros frente a los conflictos, para descubrir si tenemos alguna dificultad en su resolución.
Se podría decir que en un conflicto juegan su papel tres esferas diferentes: la manifestación (lo que se dice y/o expresa), los intereses (aquello que subyace a la manifestación y que puede ser negociable), y las necesidades, situadas en un nivel más profundo, de las que podemos ser o no conscientes, y que es lo que, al final, están alimentando dicho conflicto. Así, a veces lo que decimos cuando nos peleamos suele ser la punta de un iceberg, y detrás de un simple enfado porque no quieren ir contigo al cine puede haber un interés en pasar tiempo con esa persona y una necesidad de sentirse querido que se percibe como no satisfecha. Los conflictos suelen ser similares a grandes ovillos de lana. Para desliarlos, es necesaria mucha paciencia y comprensión de uno mismo y del otro, ya que, más allá de lo que se dice, lo esencial es lo que de primeras, no se ve…
La sociedad en la que vivimos también determina nuestro modo de afrontar los conflictos. En muchos medios de comunicación, en la clase política, en nuestro medio laboral, se nos muestran modelos ganador-perdedor, en el que no se establece jamás el consenso, en donde ceder es sinónimo de debilidad, y en donde la violencia es algo permitido y aceptado como natural e inevitable. ¿Es esto así? ¿Conflicto y violencia tienen que ir irremediablemente unidos? ¿Solamente se acaba un conflicto si he ganado y el otro ha perdido, es en ese momento cuando me siento satisfecho, y no de otro modo?
En las últimas décadas, se alzan muchas voces desde diversas disciplinas en las que apuestan por modelos más orientados al consenso, al entendimiento, a las soluciones intermedias en las que nadie gane, ni pierda. La mediación en distintos ámbitos es un claro ejemplo de ello. Para ser capaces de acercarnos más a este tipo de resolución de conflictos, tendríamos, al menos, que atender a los siguientes aspectos:
                -Conócete a ti mismo, para poder conocer al otro. Está vinculado a lo que se dice más arriba: lo primero es preguntarte a ti mismo por qué lo que ha ocurrido te ha enfadado tanto, con qué conecta eso dentro de ti. Lejos de situarte en lo que el otro te ha hecho o dejado de hacer, pregúntate primero por qué ha provocado eso en tu interior.
                -No quiero oírte, quiero escucharte. Cuánto oímos a lo largo del día, y qué poco escuchamos con profundidad al que tenemos delante. Si, con paciencia, aprendemos a escuchar lo que nos están expresando, sin juzgar, sin interpretar por adelantado (“lo que a ti te pasa es esto”) y sobre todo, sin descalificar, quizás entendamos más lo que dicha persona dice y siente. Para tener los oídos abiertos hay que tener un deseo de realmente conocer al otro.
                -“All we are saying, is give peace a chance”. No emplees la violencia como arma de resolución. Cuando estamos enfadados, puede que nos domine la ira, el miedo o la tristeza. Es esencial que aprendamos a sujetar y controlar esas emociones, que no van a dejar que el diálogo se produzca, y que pueden llevarnos a hacer y decir cosas de las que siempre nos arrepentiremos. Respira profundamente, sal de esas emociones, y evita descalificar, humillar y criticar al otro.
                -Ceder también es ganar. Para llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas partes, es imprescindible tener una actitud abierta ante la posibilidad de ceder, de que las cosas no se van a resolver exactamente como habíamos imaginado, y de que los caminos intermedios a veces son los más sanos.
No es tarea fácil eso de aprender a discutir. Desde que el mundo es mundo, no hemos hecho otra cosa que invadir, pelearnos, emplear la violencia como medio para obtener un fin, y lo seguimos haciendo…sin embargo, se puede aprender otra manera de relacionarnos, con actitud, esfuerzo y comprensión, que nos permita convivir en paz con nosotros y los demás…
“La diferencia entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer, bastaría para solucionar la mayoría de los problemas del mundo”

(Mahatma Gandhi)