Podría decirse que el conflicto
es algo inherente al ser humano, y un producto de nuestras interrelaciones con
las demás personas, con nuestros contextos, desde el más próximo al lejano.
Desde que nacemos, experimentamos diversas situaciones de conflictos, que
oscilan desde el interno hasta el sentimental y/o el familiar, pasando por
conflictos con grupos o en nuestro ambiente de trabajo. Sabemos que es algo
que, queramos o no, vamos a vivenciar a menudo. Sin embargo, ¿lo aceptamos como
algo natural? ¿Sabemos gestionarlos? ¿Somos conscientes de cómo manejamos los
conflictos en nuestro día a día?
De entre las miles de
definiciones existentes, simplificando podríamos decir que un conflicto es un
desacuerdo entre dos o más partes, con las consecuencias que de ello pueden
derivar. Si bien es cierto que esta definición deja a un lado los conflictos
personales con los que a menudo tenemos que batallar porque surjan
contradicciones internas, y que no son otra cosa que desacuerdos, pero con
nosotros mismos, diferencias entre nuestro sentir y nuestro actuar.
Todos tenemos, por así decirlo,
un “estilo” a la hora de enfrentarnos a dicha situación, que dependerá de
nuestra personalidad y de nuestras experiencias previas. De esta manera, puede
ser que tendamos a evitarlos, ya que no soportemos la angustia que nos
producen, haciendo lo que sea para no tenerlos, o que las emociones que nos
produce dicho conflicto nos bloqueen, siendo incapaces de resolverlo, o por el
contrario, que tengamos un estilo relacional en el que abordemos con
agresividad al otro, invadidos por la ira, no pudiendo gestionarlos
adecuadamente. Es para todo esto básico que conozcamos cómo nos situamos
nosotros frente a los conflictos, para descubrir si tenemos alguna dificultad
en su resolución.
Se podría decir que en un
conflicto juegan su papel tres esferas diferentes: la manifestación (lo que se
dice y/o expresa), los intereses (aquello que subyace a la manifestación y que
puede ser negociable), y las necesidades, situadas en un nivel más profundo, de
las que podemos ser o no conscientes, y que es lo que, al final, están
alimentando dicho conflicto. Así, a veces lo que decimos cuando nos peleamos
suele ser la punta de un iceberg, y detrás de un simple enfado porque no
quieren ir contigo al cine puede haber un interés en pasar tiempo con esa
persona y una necesidad de sentirse querido que se percibe como no satisfecha.
Los conflictos suelen ser similares a grandes ovillos de lana. Para desliarlos,
es necesaria mucha paciencia y comprensión de uno mismo y del otro, ya que, más
allá de lo que se dice, lo esencial es lo que de primeras, no se ve…
La sociedad en la que vivimos
también determina nuestro modo de afrontar los conflictos. En muchos medios de
comunicación, en la clase política, en nuestro medio laboral, se nos muestran
modelos ganador-perdedor, en el que no se establece jamás el consenso, en donde
ceder es sinónimo de debilidad, y en donde la violencia es algo permitido y
aceptado como natural e inevitable. ¿Es esto así? ¿Conflicto y violencia tienen
que ir irremediablemente unidos? ¿Solamente se acaba un conflicto si he ganado
y el otro ha perdido, es en ese momento cuando me siento satisfecho, y no de
otro modo?
En las últimas décadas, se alzan
muchas voces desde diversas disciplinas en las que apuestan por modelos más
orientados al consenso, al entendimiento, a las soluciones intermedias en las
que nadie gane, ni pierda. La mediación en distintos ámbitos es un claro
ejemplo de ello. Para ser capaces de acercarnos más a este tipo de resolución
de conflictos, tendríamos, al menos, que atender a los siguientes aspectos:
-Conócete a ti mismo, para poder conocer al
otro. Está vinculado a lo que se dice más arriba: lo primero es preguntarte
a ti mismo por qué lo que ha ocurrido te ha enfadado tanto, con qué conecta eso
dentro de ti. Lejos de situarte en lo que el otro te ha hecho o dejado de
hacer, pregúntate primero por qué ha provocado eso en tu interior.
-No quiero oírte, quiero escucharte.
Cuánto oímos a lo largo del día, y qué poco escuchamos con profundidad al que
tenemos delante. Si, con paciencia, aprendemos a escuchar lo que nos están
expresando, sin juzgar, sin interpretar por adelantado (“lo que a ti te pasa es
esto”) y sobre todo, sin descalificar, quizás entendamos más lo que dicha
persona dice y siente. Para tener los oídos abiertos hay que tener un deseo de
realmente conocer al otro.
-“All we are saying, is give peace a chance”. No emplees la
violencia como arma de resolución. Cuando estamos enfadados, puede que nos
domine la ira, el miedo o la tristeza. Es esencial que aprendamos a sujetar y
controlar esas emociones, que no van a dejar que el diálogo se produzca, y que
pueden llevarnos a hacer y decir cosas de las que siempre nos arrepentiremos.
Respira profundamente, sal de esas emociones, y evita descalificar, humillar y
criticar al otro.
-Ceder también es ganar. Para llegar a
un acuerdo que satisfaga a ambas partes, es imprescindible tener una actitud
abierta ante la posibilidad de ceder, de que las cosas no se van a resolver
exactamente como habíamos imaginado, y de que los caminos intermedios a veces
son los más sanos.
No es tarea fácil eso de aprender
a discutir. Desde que el mundo es mundo, no hemos hecho otra cosa que invadir,
pelearnos, emplear la violencia como medio para obtener un fin, y lo seguimos
haciendo…sin embargo, se puede aprender otra manera de relacionarnos, con
actitud, esfuerzo y comprensión, que nos permita convivir en paz con nosotros y
los demás…
“La diferencia entre lo que hacemos y lo que somos capaces de hacer,
bastaría para solucionar la mayoría de los problemas del mundo”
(Mahatma Gandhi)
