Como saben los que conocen a la
que aquí escribe, soy una firme defensora de la igualdad entre hombres y
mujeres. A menudo a lo largo de estos años he tenido que soportar burlas de
quienes no entendían mi posición, alegando que defendía la superioridad de un
género sobre otro. Nada más lejos de la realidad. Es evidente que, a lo largo
de los siglos, y en todas las culturas, ha existido una desigualdad en derechos
y oportunidades tanto en la vida privada como en la pública entre mujeres y
hombres, siendo la parte perjudicada la mujer. Esto ha devenido en que no
hayamos podido ser ciudadanas de pleno hecho y derecho y que no hayamos gozado
de una libertad real para desarrollarnos, circunstancia que de forma lenta pero
segura creo que va avanzando y mejorando, aunque no debemos olvidar que la
igualdad sigue siendo un lejano horizonte casi utópico para muchas mujeres
alrededor del mundo.
Dicho esto, hoy quería hablar de
mujeres y hombres, pero dedicándome al hombre. Quería reflexionar sobre lo que
muchos estudios llaman “las nuevas masculinidades”. En concreto, hablar sobre
el hombre sensible o que muestra su sensibilidad. Obviamente no es un uniforme,
hay una pluralidad de hombres sensibles. Pero lo que todos ellos encuentran, en
menor o mayor medida, es una falta de comprensión en su entorno.
Decimos que debemos tener
libertad más allá del género de ser como queramos ser. Sin embargo, un hombre
que muestra sus emociones, que llora en público o es sensible ante diversas
circunstancias, es tildado de “débil”, “femenino” o “exagerado”, o es blanco de
bromas aparentemente bien intencionadas. Cuántas veces habré escuchado la
expresión “parece una tía…” para referirse a algún chico. Pareciera que
queremos igualdad, pero por otro lado pretendemos que el hombre siga encajando
en el mismo cliché que ya poco tiene que ver con muchos hombres en la
actualidad. Que sientan, pero no demasiado, que se emocionen, pero hasta cierto
punto, que se entristezcan y lloren, siempre que los demás consideren que es suficientemente
grave lo ocurrido. ¿Quién decide cómo debemos sentirnos, quién sabe lo que es
“normal” o no? Y mientras ocurren estas críticas, contribuimos a volver a
encasillar en el modelo tradicional a estos chicos, como si los seres humanos
fuéramos artículos aburridamente clasificados en cajas.
Ser sensible no quiere decir que
no se sea fuerte. Como mujeres, se nos permite llorar, tardar en superar un
despido o una ruptura, expresar amor y pedirlo. Dejemos que los hombres también
puedan hacerlo sin que por ello tengan que ser menos “masculinos”. Para mí,
siempre ha sido un signo de valentía mostrar emociones, implica un riesgo
abrirse a los demás y merecen mi admiración las mujeres y los hombres que lo
hacen.
No hay lista de consejos como
otros días. Solamente me resta decir que los chicos sí que lloran, ¡claro que
lo hacen! Al hombre que nunca haya llorado mientras alguien le toma de la mano,
le animo a que lo intente algún día. Es tremendamente liberador. Quizás mujeres
y hombres podamos ayudarnos a construir y a ser mejores en libertad e igualdad,
en vez de estar enfrentados como si fuéramos enemigos. Todos somos personas.
Todos somos humanos.
