miércoles, 27 de marzo de 2013

¡QUÉ ENVIDIA TE TENGO!PERO ENVIDIA DE LA SANA...


Como pueden observar los que acostumbren a leerme, me encanta comenzar los artículos con frases que típicamente ocupan nuestro día a día, en las que me gusta pararme a reflexionar, como ésta que crea el título, la famosa envidia “sana”. Cuántas veces habremos dicho que algo o alguien nos da envidia sana para justificar o dulcificar ese sentimiento que a veces nos inunda, y que es tan políticamente incorrecto de admitir...¿somos envidiosos? ¿existe la envidia sana o la insana, o todas son dañinas? ¿es la envidia algo que se pueda evitar? ¿por qué la sentimos?

La envidia es una declaración de inferioridad” (Napoleón Bonaparte)
La envidia es un sentimiento, una expresión emocional de las que se denominan compleja, creada a partir de relacionarnos con los demás en sociedad. Diríamos que es ira o rabia debido a que el otro posee algo que nosotros deseamos, ya sea algo material, una relación, su forma de ser...Ya vemos lo que opinaba Napoleón. Yendo más allá de su frase, puede ser que el envidioso se sienta inferior, aunque dicha inferioridad no sea más que imaginaria, y ello le llene de rabia, con lo cual la envidia tendría la base en un negativo concepto de quién soy yo, pero también puede producirse esa envidia debido a un sentimiento de injusticia, de que la vida, Dios, los demás, el destino, etcétera, no han estado a favor de uno y de otra persona sí (“No creo que él sea mejor, de hecho creo que no se merece que le vaya bien y yo sin embargo fíjate...no es justo”). Queremos lo que el otro tiene, porque pensamos que lo merecemos más que él.

Envidia sana versus envidia insana
La conocida como envidia sana es, en realidad, admiración. Podemos admirar la vida, la personalidad o el físico de alguien. La diferencia es si esa admiración nos produce rabia o no. Si deseamos que a nosotros nos fuera mejor, si nos produce una emoción negativa observar la vida de los demás y sus cualidades, entonces no nos engañemos, es envidia. Y la envidia en sí misma no tiene mucho de sana. Eso sí, sentirla es algo tan común e humano que tampoco debemos avergonzarnos por ello. Tan sólo razonarla y combatirla para que no nos domine.

La envidia es el deporte nacional
Nos sentimos más envidiosos que en otro países. Lo cual, científicamente, hasta ahora no tiene mucha solidez. Estudios comparativos que se han realizado entre países han demostrado que la forma en cómo envidiamos y la cantidad es bastante similar. En todo caso, es difícil encontrar datos reales sobre ello. Asi que no sintamos que envidiamos en España más que en otros sitios. Simplemente que es un fenómeno muy común, que a grandes dosis puede ser altamente dañino.

Envidia y celos...¿la misma cara de la moneda?
No son exactamente lo mismo aunque tengan vinculación. La envidia se produce entre dos personas, y en los celos siempre hay un tercero, sea éste real o imaginario. Los celos son miedo a la pérdida de una relación por la aparición de otra. La envidia, querer poseer algo que otra persona tiene. Y nosotros...¿somos más celosos o más envidiosos?

¿Y cómo combato la envidia si noto que me domina?
Todo sentimiento negativo va a ser perjudicial para los demás, pero en principio siempre para uno mismo. Lo primero sería no negar esa envidia, aunque nos avergüence, sino mirarla de frente, y preguntarnos por qué la sentimos, qué representa esa persona y qué pensamos que nos falta. Lo segundo, no centrarnos siempre en nuestra carencia. Todos tenemos dificultades, virtudes, obstáculos, alegrías y llantos...la persona objeto de envidia también. Si nos asomamos tanto a la vida de los demás y ansiamos aquello que ellos son o tienen, probablemente estamos dejando de valorar nuestra vida en su justa medida. Y quizás, más que la vida, los demás, Dios, o el destino...los que estamos cometiendo una injusticia seamos nosotros con nosotros mismos. Asi que yo no quiero envidiaros, sino admiraros...¡feliz semana!

viernes, 8 de marzo de 2013

LO SIENTO, PERO NO TENGO TIEMPO...


Vivimos en una sociedad constantemente preocupada por el tiempo, o más concretamente, por la ausencia de él...quién no ha pensado aquello de “ojalá el día tuviera más de 24 horas”, para hacer las mil cosas que tenemos pendientes, que queremos terminar, o más bien que sentimos que debemos realizar. De esta manera, nuestros días se convierten en una vorágine de obligaciones, en un listado interminable de tareas, objetivos, aderezados con algo de tiempo libre, en la que a veces nos sentimos arrastrados como si de un huracán se tratara...siempre corriendo, corriendo, en una carrera...¿hacia qué lugar nos hemos preguntado alguna vez?

Esta misma obsesión por querer llegar a tantos sitios y abarcar tantos ámbitos nos sume en el gran objetivo de “no perder el tiempo”. A menudo me he cuestionado qué es exactamente perder el tiempo. Cuándo se puede considerar que malgastamos ese don preciado que tanto sentimos que escasea. ¿Una tarde en la que no hemos hecho nada es perder el tiempo? Puede que sí, o quizás no. Los ritmos son muy personales, cada uno tenemos el nuestro. La dificultad estriba en que a veces la rutina diaria, los que nos rodean y sobre todo nosotros mismos, no sabemos respetar nuestros tiempos, desconocemos cuál es el ritmo que desearíamos llevar. Muchas veces me han preguntado cuando he atendido a alguien que, por ejemplo, se había separado de su pareja, frases como “¿es normal que no lo haya superado?¿ya debería de estar mejor?¿cuánto tiempo voy a estar así?” y yo siempre respondo:”el que necesites...el tiempo que tú necesites”. Creo que no hay nada más liberador que el que alguien con sinceridad te diga que te tomes el tiempo que necesites...

¿Cómo podemos conseguir que el yugo de la pérdida de tiempo pese menos? Difícil cuestión a la que podemos aportar algunas ideas:

-No todo es prioridad. Hay cosas que nos resultarán indispensables de hacer, pero no todas son igualmente importantes. Seamos menos exigentes con nosotros mismos y pensemos, ¿qué es realmente importante que haga hoy y no otro día? Elijamos, porque siempre podemos elegir...

-¡Fuera culpabilidades! Ha terminado el día y la sombra de la culpabilidad acecha, porque “no he hecho todo lo que tenía pensado”. Si no has podido, o no has querido, no te culpes por ello, tus razones habrás tenido. Empieza otro día e intenta solucionar aquello que no pudiste. Nadie es infalible. El refrán dice “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Bien, pues podríamos decir esta otra: “si no has podido hacerlo hoy, vuelve a comenzar mañana”. Todos los “mañana” que necesites...

-La pereza en pequeñas dosis es amiga. ¿Por qué no dejarse invadir en ocasiones por esa sensación de no querer hacer otra cosa que simplemente estar? Si me convierto en un absoluto perezoso me sentiré mal con mi vida y conmigo mismo, no es en absoluto aconsejable, pero a veces es muy sano permitirse el lujo de no querer hacer nada...somos demasiado de “hacer” y poco de “estar”, podríamos pensar sobre ello.

-El momento existente es el aquí y el ahora. Esto nos remite al archiconocido y repetido “carpe diem”. Con esto lo que quiero decir es que si disfrutamos o nos concentramos intensamente en lo que ahora, en este justo instante está pasando, siempre obtendremos la satisfacción de haber invertido bien nuestro tiempo. Lo que no pudiste hacer ya quedo atrás. Lo que pasará es un misterio. Tan sólo tienes el ahora.

La vida no es una contrarreloj, o no debería serlo, ya que corremos el riesgo de no habernos dado cuenta de que hemos vivido...asi que abramos los ojos a nuestro alrededor, miremos menos el reloj, seamos más benévolos con nosotros mismos y concedámonos el lujo de tomarnos nuestro tiempo...¿qué cuánto tiempo es eso?
Ya sabes...aquel que TÚ necesites.