Introduzco una pregunta
en esta tan conocida frase que todos hemos escuchado y probablemente
dicho a alguien porque, aunque estemos racionalmente de acuerdo con
ella y defendamos que es una frase cierta, lógica y coherente,
¿estamos seguros de que siempre actuamos de acuerdo con ella?
¿sabemos estar solos sin que ello nos desequilibre? ¿somos lo
valientes que hay que ser para reconocer a tiempo cuando no estamos
bien acompañados?
El ser humano es un ser
social por antonomasia. No se entiende al ser humano en su totalidad
sin incorporarle su dimensión social, su capacidad y necesidad de
estar relacionado con otras personas de diferentes maneras. Esto, que
es algo positivo e inherente a todos nosotros, ese querer tener
relaciones afectivas de diferentes tipos que doten a nuestra vida de
sentido, nos puede jugar una mala pasada: el miedo a la soledad. La
soledad para muchos de nosotros se puede convertir de este modo en un
monstruo siniestro del que queramos huir a toda costa, para que nunca
nos alcance, para no sentir cómo nos clava sus dientes...sin darnos
cuenta de que por más que queramos correr, la soledad nos alcanzará.
Aunque sea en pequeñas dosis. Asi que quizás hay que darle la
vuelta al argumento y pensar en cómo podemos convertirla en nuestra
aliada o, al menos, en algo más llevadero...¿pensamos en cómo
combatirla?:
-Me divierto conmigo
mismo. Si nos procuramos aficiones que no dependan siempre de que
los demás tengan tiempo, que podamos practicarlas nosotros solos,
eso nos dará independencia y podremos disfrutar de ese tiempo sin
nadie: leer, deporte, pintar, tocar un instrumento...¡hay muchas
posibilidades!
-Me atrevo a estar a
solas conmigo. Es domingo, y si estoy solo, se me caen las
paredes...es un buen ejercicio no desesperarse a toda costa por tener
un plan. El mejor plan puede ser estar conmigo mismo, ¿por qué no?
Poner una música que nos guste, encender unas velas, y simplemente
estar...acostumbrarse a uno mismo aunque dé miedo, da una sensación
de libertad inmensa...y puede ayudarnos a conocernos mejor.
-Quiero hacer cosas
pero no tengo con quién.¿ Y por qué no hacerlas solo? Dejemos
atrás el apuro, la vergüenza o los prejuicios, y sal a ver la
película que tanto te apetecía, da un paseo para poder reflexionar,
coge el coche y ve a la playa a respirar el olor del mar. A lo mejor
no es la situación ideal, pero la vida está repleta de situaciones
imperfectas. Aprendamos a sacar lo bueno de cada una de ellas...
-¿Me apetece
realmente? Esto es lo que nos tenemos que preguntar cuando
hagamos algo movidos más por estar con personas o por satisfacer los
deseos de otro que porque queramos realmente hacerlo. Si renunciamos
a nosotros mismos simplemente por no estar solos, crecerá un
malestar interior y podemos acabar confusos y perdidos, no sabiendo
qué era aquello que nos hacía disfrutar y vibrar.
Mirar al monstruo soledad
de frente nos otorga un inmenso poder personal. Y hace que, cuando
estemos con los demás, seamos más felices, y que descubramos que
nuestra propia compañía puede ser gratificante. Porque así no nos
convertimos en esclavos de nadie, sino en personas libres que tienen
la suerte de estar acompañados a veces y otras, que tienen la suerte
de contar con ellos mismos.
¡Os deseo una feliz
soledad!

