miércoles, 27 de febrero de 2013

MEJOR SOLO...¿QUE MAL ACOMPAÑADO?


Introduzco una pregunta en esta tan conocida frase que todos hemos escuchado y probablemente dicho a alguien porque, aunque estemos racionalmente de acuerdo con ella y defendamos que es una frase cierta, lógica y coherente, ¿estamos seguros de que siempre actuamos de acuerdo con ella? ¿sabemos estar solos sin que ello nos desequilibre? ¿somos lo valientes que hay que ser para reconocer a tiempo cuando no estamos bien acompañados?

El ser humano es un ser social por antonomasia. No se entiende al ser humano en su totalidad sin incorporarle su dimensión social, su capacidad y necesidad de estar relacionado con otras personas de diferentes maneras. Esto, que es algo positivo e inherente a todos nosotros, ese querer tener relaciones afectivas de diferentes tipos que doten a nuestra vida de sentido, nos puede jugar una mala pasada: el miedo a la soledad. La soledad para muchos de nosotros se puede convertir de este modo en un monstruo siniestro del que queramos huir a toda costa, para que nunca nos alcance, para no sentir cómo nos clava sus dientes...sin darnos cuenta de que por más que queramos correr, la soledad nos alcanzará. Aunque sea en pequeñas dosis. Asi que quizás hay que darle la vuelta al argumento y pensar en cómo podemos convertirla en nuestra aliada o, al menos, en algo más llevadero...¿pensamos en cómo combatirla?:

-Me divierto conmigo mismo. Si nos procuramos aficiones que no dependan siempre de que los demás tengan tiempo, que podamos practicarlas nosotros solos, eso nos dará independencia y podremos disfrutar de ese tiempo sin nadie: leer, deporte, pintar, tocar un instrumento...¡hay muchas posibilidades!

-Me atrevo a estar a solas conmigo. Es domingo, y si estoy solo, se me caen las paredes...es un buen ejercicio no desesperarse a toda costa por tener un plan. El mejor plan puede ser estar conmigo mismo, ¿por qué no? Poner una música que nos guste, encender unas velas, y simplemente estar...acostumbrarse a uno mismo aunque dé miedo, da una sensación de libertad inmensa...y puede ayudarnos a conocernos mejor.

-Quiero hacer cosas pero no tengo con quién.¿ Y por qué no hacerlas solo? Dejemos atrás el apuro, la vergüenza o los prejuicios, y sal a ver la película que tanto te apetecía, da un paseo para poder reflexionar, coge el coche y ve a la playa a respirar el olor del mar. A lo mejor no es la situación ideal, pero la vida está repleta de situaciones imperfectas. Aprendamos a sacar lo bueno de cada una de ellas...

-¿Me apetece realmente? Esto es lo que nos tenemos que preguntar cuando hagamos algo movidos más por estar con personas o por satisfacer los deseos de otro que porque queramos realmente hacerlo. Si renunciamos a nosotros mismos simplemente por no estar solos, crecerá un malestar interior y podemos acabar confusos y perdidos, no sabiendo qué era aquello que nos hacía disfrutar y vibrar.

Mirar al monstruo soledad de frente nos otorga un inmenso poder personal. Y hace que, cuando estemos con los demás, seamos más felices, y que descubramos que nuestra propia compañía puede ser gratificante. Porque así no nos convertimos en esclavos de nadie, sino en personas libres que tienen la suerte de estar acompañados a veces y otras, que tienen la suerte de contar con ellos mismos.

¡Os deseo una feliz soledad!

jueves, 7 de febrero de 2013

EL EQUILIBRIO ENTRE LA CORDURA Y LA LOCURA...



Hace poco ha sido la Semana de la Salud Mental, y eso me ha hecho escribir y reflexionar sobre esta cuestión, que ocupa una importancia cada vez más creciente en el mundo. Algunos datos apuntan a que un 20% de la población mundial padece algún tipo de trastorno o dificultad a nivel psicológico. En 2012, la Organización Mundial de la Salud estimó en 350 millones el número de personas que padecen depresión en el mundo. Sin embargo, gran parte de esas personas no reciben tratamiento de ningún tipo. La “locura” ha sido un profundo estigma social a lo largo de la Historia de la humanidad. Aquel que fuera clasificado por su contexto como “loco”, “histérico”, “desquiciado”, era instantáneamente apartado, marginado, objeto de miedo y de desconfianza por aquellos que le rodeaban. Cierto es que existen unos criterios o parámetros para guiar al profesional en el diagnóstico del posible trastorno mental, pero más allá de clasificaciones que no pueden recoger la variedad humana, ¿qué es la cordura y la locura? ¿dónde está el límite y quién lo establece?

Un interesante punto de partida es trabajar con aquello que produce sufrimiento, ya sea a la propia persona o a su entorno. Quizás ese sea el indicador más válido de que hay algo que sería mejor que intentáramos modificar. Hacernos daño, o hacerlo a los demás no va a facilitarnos la vida, sino al contrario. La cordura y la locura son extremos de una misma línea en la que todos nos movemos, pudiendo oscilar a uno u otro lado a través de nuestra experiencia vital. Es curiosa la poca atención que solemos prestarle a nuestro equilibrio mental...si le pasamos la ITV a nuestro coche, revisamos el estado nuestros dientes (o deberíamos), intentamos mantener una buena forma física...¿por qué nos cuesta tanto revisar nuestro estado psicológico? ¿Miedo al rechazo de los demás? ¿Acaso es algo que no pensamos que sea importante? ¿Nos cuesta enfrentarnos con nuestros propios monstruos de frente? Cierto es que la tendencia va cambiando, y quizás hay mayor conciencia de que una vida en la que nos conozcamos más y mejor, sabiendo en qué podemos mejorar, queriéndonos y relacionándonos con los demás de una forma saludable, es una vida probablemente más feliz y provechosa.

Aquellos considerados como “locos” son personas iguales que nosotros. Muchas personas categorizadas en la locura han hecho de este mundo un lugar mejor. Puede que nos asuste el desconocimiento, pero no los apartemos de nuestro lado. La clave es comprender que son personas que sufren y sienten, que intentan vivir dentro de sus posibilidades, que luchan por salir adelante. Que es, ni más ni menos, lo que intentamos hacer todos. Y si pensamos que algo no va bien en nosotros, no miremos a otro lado. Es de valientes saber pedir ayuda. Aunque el proceso sea doloroso, es seguro que saldremos habiendo aprendido más y sintiéndonos más dichosos viviendo en nuestra propia piel. Y eso es algo cuyo valor es incalculable.